viernes, 22 de octubre de 2021

CAMBIOS TRASCENDENTALES


 

Comenzó con un zumbido que terminó por despertarlo en la madrugada, a pesar del sueño de plomo causado por las copas para celebrar el triunfo en las elecciones. A decir verdad, la francachela había comenzado una semana antes. Para nadie era un secreto, menos para los compañeros del Movimiento por la Integración del Ambiente, que él ostentaría el cargo de concejal. Con la confirmación de los resultados y bajo el complot de sus camaradas, la fiesta no dudó en tomar proporciones bacanales.

Luego de la celebración, llegó a casa, sin dedicar un segundo de atención a la esposa colérica y en vela, que le esperaba detrás de una aparente tranquilidad. Subió al cuarto para caer, como muerto, sobre la cama. Sin embargo, el zumbido lo despertó. Tantos desafueros sibaritas y de gula podían haberle alterado la presión arterial. “No—concluyó—, soy un deportista que dedica suficiente tiempo al entrenamiento físico. Por lo tanto, poseo una salud férrea”. Acomodó la almohada, sin sospechar que era el aviso de cambios trascendentales en su confortable vida.

Por la mañana, todo no era más que un vago recuerdo, hasta que el zumbido regresó. Cada noche era un tormento; el medicamento ótico, un fiasco.  La esposa, cansada de no poder dormir porque el hombre no dejaba de caminar, de un lado a otro y con la luz encendida, terminó por decirle:

—En vez de quejarte tanto, deberías ir al médico.

El especialista, después de una revisión exhaustiva, determinó:

—Mi estimado amigo, usted lo que tiene es un exceso de limpieza. Deje de usar hisopos, si no desea que la resequedad le lesione el conducto auditivo.

Luego de la consulta y sin saber por qué, pudo dormir de nuevo como un bebé. No le duró la dicha. Un par de noches después, en vez del zumbido, fue el bamboleo de la cama, tipo película El exorcista, lo que le despertó. El temor de un terremoto lo dejó paralizado. Por fortuna, solo duró unos segundos.

Su esposa ni se enteró. Él no quiso preocuparla. No obstante, en la noche posterior, cuando se regodeaba por las ventajas que le proporcionaría su nombramiento, sintió el mismo bamboleo. El susto lo obligó a despertarla:

Amor…, amor…, creo que está temblando.

Ella, molesta, exclamó:

—¡Qué temblor, ni qué nada, chico, déjame dormir!

Ellos vivían en una zona antisísmica; eso no quería decir que a la naturaleza le importara un pito sacudirse cuando le diera la gana. ¿Y si es el oído lo que me causa esta sensación de inestabilidad?, se preguntó. Consultado de nuevo, el especialista le aconsejó untar el hisopo con aceite y pasarlo con sumo cuidado por el canal auditivo. Quizás, era falta de lubricación. Le aseguró que pronto recobraría la normalidad. Después de un montón de hisopeaos, regresó la calma nocturna.

Tampoco duró mucho. Ahora fue una voz, a mitad de la noche y en la sima del sueño, la que le hizo dar un salto:

—¡Asómate a la ventana!

¿Era la voz de su esposa? Ella acostumbraba ir a la cocina para buscar algo qué comer. Un día rodó por las escaleras, con la secuela de un esguince. Desde entonces, dejó de hacerlo. Encendió la luz. De la manera que está roncando, no puede ser ella la que habló... Es mi imaginación —se dijo, mientras trataba de atrapar el sueño. Imposible; la misma voz le ordenó:

—¡Asómate a la ventana!

Prefirió ignorarlo. Ni enloquecido se le ocurriría ir a averiguar quién andaba por el jardín a esa hora de la madrugada.

Apenas amaneció, abandonó la cama para cumplir su rutina de ejercicios físicos. Estacionó el carro al pie de la montaña y, en un abrir y cerrar de ojos, ascendía por las laderas de tierra, bordeada de árboles. Cubierto de sudor, llegó a la meta. Desde esa altura, contempló la bella ciudad. Mientras lo hacía, se palpó el abdomen. Los excesos gastronómicos están surtiendo efectos, pensó con preocupación. A pesar de ello, aún conservaba su figura atlética. Amelia, su secretaria, Virginia, la abogada, y Micaela, la vecina, poco proclive a respetar la santidad matrimonial, daban fe de ello. Las traía de cabeza. Por suerte, su esposa vivía en la luna. No sospechaba nada.     

El recién nombrado concejal tuvo un respiro. Las responsabilidades del nuevo cargo lo alejaron de sus perturbaciones nocturnas. Concentrado en sus ambiciones personales y políticas, no ponía atención a nada más. Necesitaba una casa y un vehículo que hicieran honor a su nuevo status.

—Con las prebendas que espero, pronto habré de verle el queso a la tostada.

Se acercaba la fecha de su cumpleaños; ocasión perfecta para invitar a lo más rancio de los sectores económico y gubernamental de la ciudad. Su esposa era un lince para todo lo relacionado a los acontecimientos sociales. En la víspera de la fiesta, la excitación no le permitía dormir. En el estudio encendió la computadora. Necesitaba revisar algunos asuntos. La voz, repetitiva, lo detuvo:

¡Asómate a la ventana!

Caminó hacia ella. Sin luna, la montaña era como un lomo negro. ¡Ahora sí, yo escuchando voces! ¿Estaré enloqueciendo? Un juego de luces emergió de la nada. ¿Un avión por esa zona? El aeropuerto quedaba bien lejos. Las luces hacían piruetas de un lado a otro. ¿Un platillo volador? Eso eran cosas de las películas de ciencia ficción. Tal vez, había algo de verdad en esas historias.

—¡Yo, creyendo en zoquetadas! —exclamó, mientras regresaba a la habitación.  

Abrazó a su esposa y, después de tanto cavilar en lo que había visto, pudo quedarse dormido. Comenzó a soñar con la invasión de marcianos malvados. Al despertar, sintió alivio; sólo había sido una pesadilla.

Frente al espejo, admiró su estampa. Deportivo y perfumado, se despidió de la esposa con un beso. Ella lo felicitó por su cumpleaños y le dijo:

—Recuerda que hoy es la celebración. Regresa a tiempo, por favor.

—Te lo prometo.

Apenas salió de casa, le embargó una extraña sensación de angustia que le opacó la euforia. Recordó la pesadilla y se le erizó la piel. ¿Qué te pasa? ¿Acaso eres gafo, o qué?

De pronto, sin atravesar un espacio tridimensional, subir por una rampa, o ser aspirado por un haz de luces, se vio dentro de un platillo volador. Lo supo porque había visto la Guerra de las Galaxias. No pudo curiosear mucho porque el extraterrestre se lo impidió. Al hombre casi le da un infarto cuando el ser, de mirada de témpano y extremidades absurdas, trató de tocarlo.

Peor aún, los chirridos que emitió para comunicarse, casi le destruyen los oídos. La criatura galáctica, le hizo señas para tranquilizarlo. De un sopetón, le implantó un dispositivo; un traductor sensorial y telepático que le permitía adaptarse al medio ambiente. Los chirridos se transformaron en palabras comprensibles.

Bienvenido, terrícola.

En casa del concejal regía el desconcierto. Los invitados y la prensa local se preguntaban, entre bebidas y tentempiés, qué podía estar reteniendo al cumpleañero. Sus amigos cómplices, en vez de llamarlo por celular, se miraban y reían:

—¡Este hombre sí que se las sabe todas!

Entre tanto, a punto de ebullición, Mariana no tenía dudas en lo que andaba su esposo. Claro que se hacía la desentendida. Era preferible simular candidez, que develar su humillación frente a la verdad. Experta en el arte de las apariencias, pudo mostrar preocupación. Cuando se fueron los invitados, llamó a la policía, más por dejarlo en evidencia que por temor a un accidente.

Corrían las horas y el concejal sin dar señales de vida. Los rumores eran variados: víctima de un secuestro, resbaló por un farallón de la montaña, asesinado por alguno de sus enemigos. Pasaban las horas y los detectives no daban con la más mínima pista. La desaparición del concejal era un misterio. Para Mariana no: ¡El infeliz se fue con una de sus fulanas! Antes muerta que aceptarlo frente a nuestras amistades.

El tiempo en el espacio era diferente. La semana que pasó con el espécimen cósmico fue extraordinaria. Aprendió sobre ecología espacial y un montón de cosas más que podía usar en su propio peculio. El objetivo de su traslado a la nave era llevar, a los terrestres, el mensaje de convivencia armónica sideral. Él tenía otras cosas más importantes en su cabeza. Mejor que se buscara uno de esos que andaban detrás de utopías.

El extraterrestre, al contrario, necesitaba un humano racional y pragmático para que el mensaje pudiera ser creíble y aceptado. El hombre era perfecto para esa misión. Luego de analizar la propuesta, el concejal aceptó, mientras pensaba cómo sacar partido a su favor. Este marciano (para él todos lo eran, sin importar el planeta) si es bobo. Que se dedique él a sus planes de armonía sideral, que yo sacaré provecho de todo esto.

El Extraterrestre sólo lo observaba.

Además del traductor sensorial, el hombre llevaba tatuado, detrás de la oreja, una imagen pequeña del planeta Saturno. Y como una muestra de amistad, un sombrero hecho con fibras de una planta galáctica. Así como apareció en la nave, se encontró, en un pestañeo, manejando hacia su casa.

No se cansaba de hacer planes. Ahora que era el elegido espacial, estaba seguro de que podía enriquecerse aún más. El sombrero, no muy de su gusto, olía bien. La fragancia a sándalo-lavanda inundaba el interior del vehículo.

—¡Ahí viene! —gritaron todos cuando lo vieron.

Las cámaras de los noticieros en posición para atrapar el mejor ángulo. Entre lágrimas y risas, familiares y amigos corrieron a abrazarlo. A corta distancia, se detuvieron y guardaron silencio. ¿Qué era ese guindalejo que colgaba de su cabeza? El olor nauseabundo llegó a todas partes. ¿Por qué vestía únicamente calzoncillos?  Nadie dijo nada hasta que una vecina dijo:

—Creo que el concejal se volvió loco.

—¿Loco? —se miraron unos a otros.

—Sí, bien loco.

El pobre hombre no entendía lo que pasaba. Asustado, trató de explicar.

—Amigos, tengo que contarles algo. Acabo de tener una experiencia cósmica.

A medida que hablaba, no hacía más que confirmar su estado de demencia. Entre la burla de unos y el llanto de otros, la esposa se mostraba pensativa.

Marianita, por favor, ayúdame —suplicó el concejal.

Ella lo miró, en completo estado de compasión:

—¡Ay, Dios! ¿Cómo es posible que mi maridito haya enloquecido?

Atado, como un bollo, el concejal subió a la ambulancia. Los enfermeros escucharon los delirios del elegido intergaláctico. Entretanto, él sufría por la pérdida de sus proyectos, si no lograba convencer a los doctores de que no estaba ni una pizca de loco. Su mujer… ¿Qué va a entender esa idiota sobre la experiencia extraordinaria que acabo de vivir? ¡Cómo pude casarme con ella! Es tan pueril…

 Los enfermeros le ordenaron bajar de la ambulancia. Se resistió; no quería entrar al sanatorio. Al ver a Mariana esperándolo afuera, aceptó. Ella se acercó y, como la esposa abnegada que todos conocían, le dio un beso. Lo acompañó a la habitación. Al despedirse, apartó su larga melena del cuello. El concejal pudo distinguir el tatuaje del planeta Saturno en la base de la delicada oreja.

 

 Olga Cortez barbera


Imagen Gratis: Fondos 12.com

lunes, 11 de octubre de 2021

DELIRIOS




La escena es recurrente. El cielo con nubes, el viento fuerte, el mar al pie del acantilado, la naturaleza brutal… Una mujer, sobre la hierba, contra el pronóstico de tempestad, se quita la chaqueta y abre los brazos. Gira alegre, como una zaranda, y aspira la vida. El vestido al viento le hace parecer una extraña mariposa. A su lado, un hombre la observa y sonríe. Parece que el amor es lo único que necesitan para ser felices.

Si Arturo lo entendiera, me digo. Al otro extremo, una gaviota en picada va por el alimento cotidiano que se desplaza en el vientre marino. De pronto, emerge la desesperación. Al borde del acantilado, el hombre grita: ¡El viento arrastró a mi esposa! Un turista corre y da la voz de alarma. Entre las olas, la mujer flota, como una muñeca, entre las ondas de su vestido floreado. ¿A quién se le ocurre usar algo así con esta baja temperatura?, me pregunto. De pronto, despierto y suspiro, sin que se desprenda el horror que me produjo la escena.

Arturo y yo pensamos que unas vacaciones ayudarían a atravesar la brecha que nos separaba, desde que a él se le ocurrió ser tan evidente. Hasta ese momento, todo era sospechas; detalles que podían ser producto de mi imaginación, provocados por el ambiente en que se desarrollaban sus actividades profesionales. La contratación de actrices era la excusa perfecta para quedarse hasta altas horas en la oficina y para las numerosas llamadas por el celular. Él las atendía, frente a mí, con entera libertad. Eso minimizaba la incertidumbre y me permitía retomar el sueño.

Sin previo aviso, cambió su apariencia a una más juvenil. Cantaba en la ducha con la alegría de nuestros primeros tiempos de casados. La sospecha se transformó en tormento y, desde entonces, se apagó la paz hogareña. Yo, como un felino en acecho, trataba de cazar otras señales olfateando, como sabueso, sus camisas. Cuando vio lo que hacía, dijo, sin mirarme: No veas fantasmas donde no los hay. 

En esas condiciones, no era extraño que me tomara por sorpresa:

—Nos vamos de vacaciones. Creo que debemos apartarnos un tiempo de la rutina y dedicarnos a nosotros.

—¿Así, de repente?

—¿Tienes algún compromiso que lo impida?

—¿A dónde iremos?

—A dónde siempre has querido ir: A Irlanda

Mientras hacía las maletas y les avisaba a nuestros hijos, yo sonreía por el detalle de Arturo. Creí que había echado al traste mi sueño de visitar el país de los castillos y las criaturas celtas que, desde niña, me apasionaban. Aunque viajábamos bastante, siempre relegó ese sueño. Yo presumía que más importante era complacerlo a él, sin importar que aquel sueño se extraviara en el olvido. Con el tour inesperado, supuse que no todo estaba perdido entre nosotros. Si no lo intentábamos, la rutina de los largos años terminaría por ahogar nuestro matrimonio. Era hora de abrir las ventanas a mejores vientos. Las parejas solían atravesar crisis y salir airosas.

Llegamos a Dublín, moderna e histórica; divertida y acogedora. Apenas dejamos las maletas en el hotel, tomamos la decisión de invertir el tiempo en recorrer las calles, deteniéndonos en los lugares de interés. Cada atardecer, comíamos en las mesas, al aire libre, de cualquier Pub. Cuando la luna se posesionaba del centro del cielo, volvíamos a la habitación. Un regreso de silencios y eventuales frases hechas. Aunque tomados de la mano, nuestras almas no lograban conectarse. Me opuse a que la desazón me arrastrara. Tal vez, al haz de la magia de los pueblos y castillos, que estábamos por visitar, se encendería la antorcha y volveríamos a lo que tuvimos. ¿Era un delirio?

Lo comprobé, una vez más. Cuando se toca el fondo del abismo, cuesta escalar la pendiente. La lencería sensual y la desnudez pasaron desapercibidas. ¡Qué tonta! Hice acopio de indiferencia y apagué la luz. Desde ese momento, me concentré en disfrutar lo que la vida ofrecía: la riqueza arquitectónica y cultural de aquellas regiones. Entre fotos y palabras de admiración, transcurrían las horas; en tanto, me preguntaba si ese desapego era lo que correspondía a un matrimonio de tantos años. Aparté los pensamientos tristes y expandí el espíritu con la apreciación de las bellezas circundantes. En mí, estaba la solución: regresar a casa para seguir en lo mismo o solicitar el divorcio. Era el momento de dejar de andar lamentándome por los rincones.

El folleto, con las fotografías de los Acantilados de Moher, me atrapó. Sentí que era un sacrilegio despedirme de ese país, sin visitar las majestuosas rocas.

—Bien —dijo, Arturo—, quiero complacerte.

Atravesamos las puertas del Centro de Visitantes, excavado, de forma artística, en las rocas. Por los senderos, leí un aviso curioso: Habla con nosotros, si las cosas te están afectando. Samaritanos. Estaba dirigido, según supe, a las personas con problemas. La exuberancia del paisaje atraía a turistas y a místicos, pero, también, a las almas atribuladas. Los suicidios, mantenían en constante alerta al personal. ¿Qué locura pudo lograr que una mujer se lanzara al vacío, con su hija de cuatro años? No hay razón suficiente para quitarse la vida, pensé. Desde los senderos, se apreciaban los imponentes acantilados. No podía sentirme mejor, hasta que ocurrió la tragedia.

El caleidoscopio de imágenes no me abandona. La mujer en el mar, como una muñeca vencida, la embarcación que se acercó para rescatarla, las preguntas de los policías y las extrañas respuestas: “Cuéntenos cómo pasó”; “No sé, me distraje, creo que fue un golpetazo de viento”; “¿No está seguro?”; “¡Qué otra cosa pudo haber sido!”; “¿Su esposa sufre de tendencias suicidas?”; “No sé, no sé… Quizás estaba deprimida y no me di cuenta”.  ¡Cómo —me digo—, si era el símbolo de la alegría! ¿Acaso, ese hombre está loco? ¿No la vio girar, como si ella tuviera, entre sus manos, las llaves de la libertad?

Otra vez, las imágenes. La mujer con los brazos abiertos y la sonrisa del hombre. El rescate, el morbo de la gente. El doctor se acerca y el hombre pregunta: “¿Se pondrá bien?” “Lo lamento, señor, es un milagro que aún respire”. La mujer gira y gira, enredada en su largo vestido primaveral. El mismo que le compró él, en una isla caribeña, cuando el amor aún lo era.

La mujer gira y el hombre sonríe de manera extraña. Nunca le vi esa sonrisa a Arturo, me digo. Ella, poniéndose el vestido floreado, esperando que el hombre recuerde los viejos tiempos. Ahora revisa el celular, el mensaje indiscreto. El alivio cuando decide comenzar una nueva vida. La mujer gira, la gaviota en picada, el vacío… Pesadilla o sueño, ya no sé qué es. Entre los delirios me pregunto si fueron los feroces vientos los que se están llevando mi existencia.  

Olga Cortez Barbera

 

Imagen: 123rf

jueves, 30 de septiembre de 2021

ELLA




Le digo que sí, me dice que no; le digo que no, me dice que sí. Por lo general, gana ella. Ha sido nuestro juego desde que decidimos compartir la vida. Me había enamorado unos años antes. Mientras la Maestra nos instruía en los artificios de la multiplicación y el mundo cambiaba para mí, comencé a amarla sin saberlo.

Papá murió al finalizar la Primaria y tuvimos que mudarnos a casa de una tía, lejos de la ciudad. Por las circunstancias y apenas tener la edad, debí mezclar el estudio con el trabajo. No quedaba espacio para soñar con ella. Pero, las Moiras, tejedoras de destinos, tenían otros planes. Mamá y tía unieron sus esfuerzos para que yo pudiera graduarme en Arquitectura. Ingresé a la Universidad.

Al poco tiempo entendía que los tratados sobre diseños arquitectónicos no eran para mí. Una tarde, dejé el libro a un lado y me tiré sobre la grama. Los alumnos corrían a clases o estudiaban en los pasillos. Entre las voces y las risas en los recintos del saber, parecía que la existencia llevaba alas de mariposas. Me pregunté si, como yo, habían elegido una profesión que les permitiera el estilo de vida que sus padres anhelaban. Casi me dormía, cuando escuché la voz:

—¡Hola!      

El corazón me dio un vuelco y supe que nada me separaría de ella. La tristeza que me había invadido cuando tuve que dejarla, emergió para transformarse en una dulce emoción. En ese instante supe cuánto la había extrañado. Intuí que el futuro ya no podía ser otro, a pesar de los gritos de mamá y los lamentos de mi tía. Antes de abandonar la residencia estudiantil, me aseguré de encontrar un empleo y otro lugar donde vivir.

Ahora, en la soledad de la habitación, me rindo sin condiciones. La inexperiencia me lleva a suponer que, por el hecho de tenerla conmigo, es mía. Luego, entiendo que sólo puedo poseerla si ella lo acepta. Su alma, libre y voluble, la lleva a desaparecer cuando menos lo espero.

Cuando no lo hace, todo es magia. En su presencia, la habitación desconoce de fronteras. No obstante, basta que algo le parezca contradictorio para que me hunda en la desesperanza. Siempre insisto en revertir la situación. Poco le importan las noches que pasamos creando mundos a nuestro antojo. Huye y yo me quedo aprisionado por la angustia.

En su ausencia, pierdo el apetito. Me lanzo en la cama, extrañándola profundamente. Cuando creo que casi perezco por su ausencia, aparece:

—¡Levántate!

Entonces, olvido el cansancio y me pierdo en ella…

No siempre es así, hay momentos en que el cuerpo no da para más y, frente a sus exigencias, le digo con honestidad:

—Ahora, no puedo.

Se revela y usa sus artilugios. Me llena la cabeza de impulsos locos, hasta que es imposible que me dé más. Por temor a que se vaya de nuevo, la aprieto, como naranja. Es inútil, me abandona, hundiéndome en la impotencia.

Si me llama, estoy a su disposición. Corro a su encuentro, aunque descuide mis responsabilidades. Me despojo de todo lo que no sea su compañía. Me inclino a su voluntad y pienso: Empleos hay montones; como ella, nadie más.

Sucede lo contrario si es ella la que se niega. Sin una pizca de piedad, exclama:

—¡Cuando digo no, es no!

Oscurece. Estoy frente a la computadora, en tanto ella comenta sobre lo que voy escribiendo: Así está bien…No me gusta esa frase… Deja que hable el alma… Ay, no, ¡qué aburrido eres!... Mejor me marcho…

Suplico:

—No te vayas, por favor.

Coquetea:

—Sabes como soy —suelta su carcajada etérea—. Cuando lo desee, volveré.

Debo aceptarla como es. Las musas son así, volátiles, independientes. La mía… ¡Qué les puedo decir! A veces irreverente, otras, caprichosa. ¡Siempre, imprescindible! Lo intuí aquella mañana de infancia, en el salón de clases, cuando en vez de multiplicar, quise escribir un cuento y ella lo hizo conmigo.

Olga Cortez Barbera

Piqsels: Foto descarga gratuita

viernes, 10 de septiembre de 2021

Te voy a matar

 


Te lo dije y no me creíste. Claro, quien lo expresaba era yo, tu amigo de la infancia, el que nunca dudó en cubrir tus barrabasadas. Era mi costumbre usar ese cliché cada vez que me hacías partícipe de una de las tuyas. Por eso, pasaste por alto mis cambios de humor de los últimos tiempos. Preferiste atribuirlo a la edad: Te estás poniendo viejo. Entre la confianza y el abuso existe una línea tan delgada, que podemos atravesarla sin que nos demos cuenta.

La decisión de matarte no brotó así, de repente, como una explosión. ¡No! Lo que fue una frase coloquial, desde la niñez, fue tomando forma hasta adquirir rasgos de certeza. Mi amistad incondicional comenzó a resquebrajarse el día que frustraste lo que más me importaba, hasta entonces. Con argucias, te quedaste con el contrato.

Eso dio pie para recordar la época de nuestras experiencias juveniles. Mi timidez aceptó pagar el precio por contar con un amigo como tú. Celebraba tus cinismos y sufría, en secreto, las bromas pesadas que me hacías. Sin embargo, nunca dudé en ayudarte con los estudios. Optamos por la misma profesión. ¡Cómo agradecí que, al graduarnos, me llevaras a trabajar contigo! A pesar de mis esfuerzos, siempre te la ingeniabas para llevarme la delantera frente a los superiores.

El día de tu boda dijiste que eras el hombre más feliz del mundo. Por el contrario, yo era el más desdichado. Te casabas con el amor de mi vida. Suena cursi, pero era la verdad. Tenía un par de meses saliendo con ella cuando te la presenté:

—Oye, pana, ¡qué linda es tu chica! — comentaste.

—¡Ni la mires! —exclamé.

Comenzaron los cambios. Cuando le pregunté a ella qué pasaba, dijo que lo nuestro no funcionaría. Sin que lo expresara, supe que era por ti. Dolió. No obstante, acudí a la celebración y los felicité. Yo no podía obligarla a amarme; tú no eras responsable de que te eligiera. Una noche, a solas en el jardín de tu casa y bajo los efectos del alcohol, me arrojaste a la cara una verdad que no debiste dejar salir:

—Te robé la chica (hip) y ni rechistaste… 

Levanté el puño, pero sentí sus pasos.

Salí sin despedirme. Puse la carta de renuncia, lo que me dio la oportunidad de alcanzar el éxito profesional en otra empresa. Me casé y el pasado dejó de molestarme. Con el tiempo terminé por aceptar que no todo había sido tu culpa. En la amistad debe imperar el equilibrio, una circunstancia que ignoré. Cuando nos vimos de nuevo, ya no había rencor.

Me dio pena saber de tu divorcio y te invité a casa. Mi esposa reía con los cuentos sobre las ocurrencias de juventud, mientras yo pensaba que nuestra amistad merecía ser rescatada. Nos quedamos a solas y comenzaste a hablar de tu fracaso matrimonial.

—¿Dejaste de quererla? —pregunté

—No era la mujer que tú decías —respondiste.

No supiste valorarla —pensé.

Entre copa y copa, no pudiste evitar otra de las tuyas:

—Panita, ¡es muy bella tu esposa!

Enfurecí.

—¿No puedo jugarme contigo? —te burlaste.

Tus visitas comenzaron a molestarme. Mi esposa no paraba de comentar sobre lo agradable que eras y lo mucho que te apreciaban mis hijos.  Comencé a sentirme celoso de la forma como ella te veía. Me inquietaba la idea loca de que pudiera enamorarse de ti. El antiguo pensamiento, Cómo me gustaría matarlo, se transformó en una tenaza que no me dejaba respirar. Por eso, cuando comentaste:

—Si mi mujer hubiera sido como la tuya, te juro que no me hubiera divorciado.

Exclamé:

—¡Te voy a matar!

—¡Siempre tú con esa frasecita!

No tuve dudas, eras de nuevo el lobo tras la presa y, esta vez, no iba a permitir que cayera en tus fauces. Enloquecí. Tenía que deshacerme de ti. Por eso, acepté la invitación a tu casa de la playa, tan alejada de todo.

—Será como en los viejos tiempos—dijiste.

—Como una pijamada para hombres—comenté y solté la carcajada.

Ahora estás ahí, tirado sobre la arena. Blanco fácil. No me creíste, y yo con la necesidad firme de demostrar que no era el pusilánime a tu disposición. Despertaste el monstruo que habita en mí. No más afrentas, no más burlas. Y, lo mejor de todo, ¡ella nunca será tuya! Te observo y ni te das cuenta, a un segundo de sacar el puñal del bolsillo...

Olga Cortez Barbera


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jueves, 2 de septiembre de 2021

Las Cartas de Tío Luis


 

Con tanto tiempo disponible durante el día, tomó el taxi hasta el Liberty State Park. En casa consideraban que ella era una mujer fuerte y lúcida, capaz de valerse por sí misma. La familia prefería verla distraerse que observarla, frente a la ventana y con la vista perdida, caminando paulatinamente hacia la senilidad. Bajó del taxi, en el lugar de siempre. A pasos lentos, caminó hacia un banco y se sentó. Una vez más, contempló el caudal del Río Hudson y, en la distancia, la Estatua de la Libertad. En el afán de recordar, sin interrupciones, buscaba aislarse en aquel sitio, a pesar de la muchedumbre que tomaba fotos o subía al ferry para ir a la Isla Ellis. Lo mismo hicieron ella y su esposo, en sus momentos de turismo, pero… ¡Qué distinto podían verse las mismas cosas en diferentes épocas!   

Años después de que ella comenzara a soñar con vivir en Norteamérica, llegó con su esposo, no a New York, si no a Washington DC, acompañados de las Visas de Estudiantes y un par de maletas abarrotadas de ilusiones y pocas pertenencias. El Tío Luis, desde el país de ensueño, no desistió, durante un tiempo, de enviar cartas y postales a familiares y amigos, despertando la imaginación de una adolescente que quería vivir, como él contaba en sus escritos. En las noches castas, como si tuviera bajo la almohada la lámpara de Aladino, ella pedía con frecuencia tres deseos: asistir a la Universidad, aprender a tocar piano y, sobre todo, vivir en las tierras del sueño americano.

El sortilegio de las cartas del Tío Luis la acompañaba a todas partes, aún después de que él dejara de enviarlas. En la soledad de la habitación de la residencia universitaria, sacudía el antiguo sueño de emigrar, mientras abría la libreta de ahorros que engordaba, de a poco, con el esfuerzo del trabajo en las horas libres. Para ella, este deseo se convirtió en uno con el ser. Afianzado en el alma, expelía un efluvio que se mezclaba con el magma de las cosas posibles. Se expandió por los campos energéticos del Cosmos, hasta que se fundió con las energías afines. No era extraño que el destino la llevara a enamorarse del compañero de clases que hacía planes para irse a estudiar al extranjero. Se casaron y unieron sus esfuerzos:

—¿Tienes listo los papeles, cariño?

—Desde hace mucho tiempo, amor.

Entre trámites y despedidas, no hubo espacio para la luna de miel. Por eso, antes de iniciar los estudios en Pensilvania, decidieron tomar dos días para visitar el Capitolio y el Monumento a Abraham Lincoln. Llegaron a Washington, sin sospechar que serían testigos de momentos que marcarían los peldaños de la historia. La gente recorría las calles, con pancartas y consignas. A ella, más que los motivos que llevaban a protestar contra la Guerra de Vietnam, la atraparon la multitud y la novedosa vestimenta de los hippies. La guerra, aunque lamentable, no dejaba de ser ajena. 

Con las nevadas de Pensilvania, una vez pasado el romanticismo por los parques cubiertos de nieve, llegó la nostalgia por sus seres queridos, ahora tan lejanos. Más que el clima, les entumecía comprobar cómo el dinero, que tanto les había costado ahorrar, al igual que la corriente de un río, desembocaba en el océano de los compromisos para sobrevivir. Un compañero de estudio los salvó de cruzar los umbrales hacia el hambre. Les ofreció un empleo en el negocio de su padre. Sin poderlo evitar, ambos debieron abandonar los estudios, con la utópica promesa de retomarlos, luego. Ella no olvidaba las cartas de Tío Luis y las infinitas oportunidades que ofrecía New York. Pronto, hacía nuevos planes.

—¡Allá vamos, Tío! —exclamó, mientras alzaba la mano para decir adiós.

En una habitación iniciaron la nueva etapa. La comunidad era cálida y cordial. El país atravesaba un momento crítico en la economía. Sin embargo, pudieron encontrar empleo. En el tiempo libre, salían a recorrer la exuberante ciudad. El asombro era compartido entre los rascacielos y las calaveras en los folletos que decían: Bienvenidos a la ciudad del miedo. 

Los propósitos de volver a la Universidad se sumergían en el olvido. El esposo trabajaba, cada vez más, para mantener a su mujer y a sus hijos. El cansancio engullía el romanticismo que los uniera. A ella, la crianza de los muchachos no era suficiente para evitarle sentirse sola. En ocasiones, la añoranza por lo que había dejado atrás, la llevaba a bracear en el desconsuelo. La estrechez del presupuesto acababa con ilusión de viajar a su país, de reencontrarse con los suyos. Como Tío Luis, dejó de enviar cartas para contar lo bien que les estaba yendo.

Muchos años habían transcurrido desde la mañana en que, jóvenes y soñadores, imaginaron que el futuro venía a la medida de sus esperanzas. En tanto ella y su esposo hacían el juramento para obtener la ciudadanía estadounidense, se preguntaba si esa era el mecanismo para continuar enhebrando la vida con cierto halo de pertenencia. Estaba cansada de sentirse como una extraterrestre, a pesar de los descendientes concebidos en esas tierras y el esfuerzo que ponían los amigos por integrarla a una comunidad que, a su sentir, no era de aquí ni de allá.

La Guerra del Golfo conmovió la rutina de las calles de Brooklyn. Los padres, llorosos y angustiados, no exentos de orgullo, despedían a los hijos, con sonrisas que intentaban ocultar sus miedos. No todos habían regresado sanos y salvos de otras guerras. Ella, imbuida en la crianza de los hijos, no había prestado mucha atención. Ahora, que ya no eran niños, perdía el sueño tan sólo con imaginar que el servicio militar tocara a la puerta. 

Sentada frente a la chimenea, trataba de sembrar, en sus hijos, las tradiciones de sus antepasados para que no fueran olvidadas; despertar cariño por los familiares que un día, tal vez, pudieran conocer. Esto no era posible. Fotos y recuerdos, poco o nada transmitían. Frente a los hijos fastidiados, terminaba la conversación. Con profunda tristeza, comprendía lo endeble que se tornaban sus raíces. Ellos respondían a la dinámica del mundo donde se habían criado.    

Las guerras no cesaban; los enemigos de América del Norte surgían por todas partes. El país, como un San Marcos de León, alistaba las tropas para amansar los dragones de otras tierras. No calculó el contra ataque. La inesperada tragedia, que hizo tambalear la inexpugnabilidad, le hizo comprender a ella que el núcleo de su pequeño universo podía cambiar en un instante. El ataque a las Torres Gemelas, invadió de horror todo hogar y cada rincón. Los dragones habían burlado las defensas aéreas.

Cubierta de escalofríos, escuchó la declaración de la guerra contra el terrorismo. Se preguntó si había llegado el momento que tanto temía. Así era. El hijo mayor tendría que pagar el precio por dos jóvenes inmigrantes que llegaron, una mañana, para alcanzar la confortable vida que ofrecía el famoso slogan del sueño americano. Las noches de desvelos se hicieron interminables, mucho más, sin la compañía del esposo caído tras una penosa enfermedad. Con el hijo ausente, la vida no tuvo otro sentido que esperar por su regreso.          

Para escapar de los barrotes de los presagios que la invadían, comenzó a salir de casa. Vagaba por la ciudad, hasta que pedía al taxista llevarla al Parque. Frente a la estatua, no lograba asimilar el costo por preservar la libertad. Intentando doblegar los demonios que le devoraban la calma, trataba de justificar el sacrificio como una retribución a lo que había recibido en tierra ajena. Aunque no fuera comparable a lo soñado, cuando su madre le contaba lo que decían las cartas del Tío.

Por fortuna, su hijo salió bien librado de los campos de batalla. ¿Cómo imaginar que quien iba a la guerra volvía con ella dentro? Las heridas en la psiquis lo sumergían en terribles pesadillas. Mientras trataba de tranquilizarlo, ella pensaba en las secuelas que pudieran destrozar el futuro de tantos jóvenes. Los que sobrevivían, ¿nunca rescataban la esencia de lo que fueron? Cuando el hijo se rindió a los efectos postraumáticos comprendió que haberlo tenido de vuelta no significó que hubiera regresado. 

Ahora, los enemigos amenazaban de nuevo y había que detenerlos, como ya era costumbre. Ella no deseaba pasar por lo mismo: las noches de insomnio y la angustiante espera. Las raíces, debilitadas con el tiempo, recobraron sus fuerzas para hacer desistir al nieto que se preparaba para llevar las bombas y los fusiles a las tierras de sus abuelos. Si la guerra era un contrasentido, lo era más derramar la sangre de sus hermanos, la descendencia de sus ancestros. Pero él, con las consignas patrias transitando por sus venas, contestó: 

—Abuela, mi deber es defender el país donde nací.

¿Podía recriminarle? Ella misma había jurado lealtad en aquella distante ceremonia. Sin embargo, la nacionalidad no era un traje que se quitaba para ponerse otro. Quizás, por eso había pasado la vida deseando regresar. Sintió, como nunca, el peso de las guerras. ¿Dónde estaban los verdaderos enemigos? La estatua que, tantas veces admiró, hoy se le antojaba descansando sobre un pedestal de barro. “Si Tío Luis no hubiera escrito esas cartas…” Se levantó. “¡Cómo quisiera volver a mi hogar!”

Los crepúsculos del tiempo le susurraron que era tarde.

 

Olga Cortez Barbera