martes, 9 de febrero de 2021

Mesa de cuatro patas

 



En un suspiro cósmico, ya éramos adultas. Mis hermanas y yo habíamos moldeado la vida con nuestras propias expectativas y las experiencias que nos tocaron en suerte. Pudimos, de manera individual, salir airosas de las tempestades que azotaron nuestras costas. En las conversaciones familiares, cuando hablábamos del pasado, no había resentimientos, ni tristezas. Solo referencias anecdóticas sobre las situaciones que antaño nos hicieran sufrir y que, posteriormente, entre indiscretas canas, acabaron por hacernos reír de las circunstancias y de nosotras.

Hubo una época en que, sin percibirlo, el mundo de los juegos no era posible si no estábamos juntas. Unidas a nuestros dos hermanos, formábamos un quinteto invencible que enfrentaba los misterios de un patio que se extendía bajo la sombra de los árboles, y que terminaba en los cuartos abandonados y en custodia de los granados. A la espera de los duendes que espantaban a las palomas y hacían corretear a las gallinas, nos comíamos las jugosas frutas, hasta que nuestros padres nos llamaban para cenar. Luego, los grandes hacíamos las tareas escolares; los pequeños se iban a dormir.

Nos mudamos a la Capital. Los mágicos días de la infancia quedaban resguardados detrás de aquel portón que, una noche lluviosa, nos dio la bienvenida y, una mañana fresca, tras un largo tiempo, nos daba la despedida. Se sentía el entusiasmo por la aventura de una nueva vida, y la congoja por lo que dejábamos atrás. Varios años después, y con dos de diferencia, el combo de hermanos llegó a siete. Para entonces, cada uno de nosotros iba definiendo su rumbo. Los amigos, los estudios, los intereses eran distintos. Sin darnos cuenta, el tornado existencial nos lanzaba por diferentes caminos. 

Alérgica, no al amor, sí a las ataduras y a los convencionalismos, desde la terraza de mi particular visión sobre las cosas, yo observaba cómo mis hermanos iban formando sus hogares y hacían crecer la familia. Los sábados o los domingos, la casa materna se convertía en un harem de risas y esparcimientos infantiles. Mi madre, ya con su esposo ausente, dedicaba esa parte de su existencia a consentir a sus hijos y a sus nietos. Aunque mis hermanos estaban al pendiente de ella, el deber les inclinaba la balanza hacia su nueva familia.

Con mis hermanas era diferente. Quizás, por las insalvables diferencias que dieron al traste con sus matrimonios, eran mucho más cercanas. Incluyendo a mi hermana menor que, con el suyo en popa, se unía a la banda para salir a pasear con los niños. Entre paseos y vivencias se fortalecía nuestra relación. Cuando ellos, mis sobrinos, crecieron y comenzaron a concretar sus sueños, nosotras, con los años grandes, comenzamos a cifrar los nuestros para la etapa en proceso.

Así, con la solidaridad inefable de la consanguinidad, las cuatro hermanas, tan diferentes y, a la par, tan iguales, abandonamos la privacidad de nuestras vidas para unirnos, como en la infancia, y compartir los estragos crecientes e inevitables de la edad. Sobre nosotras, la mesa hecha con el material de los sentimientos buenos y con nuestras fortalezas y debilidades, descansaba mamá, contenta y confiada. Frágil, como un florero de Cristal de Baccarat, ella sonreía al escuchar nuestros planes.

El destino posee sus propios mecanismos para desbaratarlos. El mayor de mis hermanos y su familia marcaron la ruta hacia el éxodo, atraídos por la promesa de un futuro mejor. Años después, otros familiares, entre ellos, los hijos de mis hermanas seguían el ejemplo. Movidas por las circunstancias y la añoranza, dos de ellas no pudieron evitar subir a un avión para compartir la suerte de su descendencia, en el extranjero. A pesar de que los planes habían quedado lejos, el amor, ignorante en distancias y fronteras, nos mantuvo más unidas que nunca. La mesa conservó su solidez por poco tiempo.

Las termitas del coronavirus carcomieron, sin misericordia, la más fuerte de sus patas. Mi hermana, bella, saludable y espiritual no pudo más. Después de consultar con los médicos y su hijo, decidió acabar con los padecimientos que hicieron de su vida un suplicio. Aferrada a su credo y con el pronóstico de lo inevitable, se marchó en paz, sobre la proa de un profundo sueño hacia los mares de la eternidad. Todos quedamos con el corazón deshecho. Nosotras, tristes y desconcertadas, tratamos de entender. La mesa no puede perder el equilibrio. Tiene la gran responsabilidad de no dejar caer el delicado florero de cristal.  

Olga Cortez Barbera