lunes, 11 de octubre de 2021

DELIRIOS




La escena es recurrente. El cielo con nubes, el viento fuerte, el mar al pie del acantilado, la naturaleza brutal… Una mujer, sobre la hierba, contra el pronóstico de tempestad, se quita la chaqueta y abre los brazos. Gira alegre, como una zaranda, y aspira la vida. El vestido al viento le hace parecer una extraña mariposa. A su lado, un hombre la observa y sonríe. Parece que el amor es lo único que necesitan para ser felices.

Si Arturo lo entendiera, me digo. Al otro extremo, una gaviota en picada va por el alimento cotidiano que se desplaza en el vientre marino. De pronto, emerge la desesperación. Al borde del acantilado, el hombre grita: ¡El viento arrastró a mi esposa! Un turista corre y da la voz de alarma. Entre las olas, la mujer flota, como una muñeca, entre las ondas de su vestido floreado. ¿A quién se le ocurre usar algo así con esta baja temperatura?, me pregunto. De pronto, despierto y suspiro, sin que se desprenda el horror que me produjo la escena.

Arturo y yo pensamos que unas vacaciones ayudarían a atravesar la brecha que nos separaba, desde que a él se le ocurrió ser tan evidente. Hasta ese momento, todo era sospechas; detalles que podían ser producto de mi imaginación, provocados por el ambiente en que se desarrollaban sus actividades profesionales. La contratación de actrices era la excusa perfecta para quedarse hasta altas horas en la oficina y para las numerosas llamadas por el celular. Él las atendía, frente a mí, con entera libertad. Eso minimizaba la incertidumbre y me permitía retomar el sueño.

Sin previo aviso, cambió su apariencia a una más juvenil. Cantaba en la ducha con la alegría de nuestros primeros tiempos de casados. La sospecha se transformó en tormento y, desde entonces, se apagó la paz hogareña. Yo, como un felino en acecho, trataba de cazar otras señales olfateando, como sabueso, sus camisas. Cuando vio lo que hacía, dijo, sin mirarme: No veas fantasmas donde no los hay. 

En esas condiciones, no era extraño que me tomara por sorpresa:

—Nos vamos de vacaciones. Creo que debemos apartarnos un tiempo de la rutina y dedicarnos a nosotros.

—¿Así, de repente?

—¿Tienes algún compromiso que lo impida?

—¿A dónde iremos?

—A dónde siempre has querido ir: A Irlanda

Mientras hacía las maletas y les avisaba a nuestros hijos, yo sonreía por el detalle de Arturo. Creí que había echado al traste mi sueño de visitar el país de los castillos y las criaturas celtas que, desde niña, me apasionaban. Aunque viajábamos bastante, siempre relegó ese sueño. Yo presumía que más importante era complacerlo a él, sin importar que aquel sueño se extraviara en el olvido. Con el tour inesperado, supuse que no todo estaba perdido entre nosotros. Si no lo intentábamos, la rutina de los largos años terminaría por ahogar nuestro matrimonio. Era hora de abrir las ventanas a mejores vientos. Las parejas solían atravesar crisis y salir airosas.

Llegamos a Dublín, moderna e histórica; divertida y acogedora. Apenas dejamos las maletas en el hotel, tomamos la decisión de invertir el tiempo en recorrer las calles, deteniéndonos en los lugares de interés. Cada atardecer, comíamos en las mesas, al aire libre, de cualquier Pub. Cuando la luna se posesionaba del centro del cielo, volvíamos a la habitación. Un regreso de silencios y eventuales frases hechas. Aunque tomados de la mano, nuestras almas no lograban conectarse. Me opuse a que la desazón me arrastrara. Tal vez, al haz de la magia de los pueblos y castillos, que estábamos por visitar, se encendería la antorcha y volveríamos a lo que tuvimos. ¿Era un delirio?

Lo comprobé, una vez más. Cuando se toca el fondo del abismo, cuesta escalar la pendiente. La lencería sensual y la desnudez pasaron desapercibidas. ¡Qué tonta! Hice acopio de indiferencia y apagué la luz. Desde ese momento, me concentré en disfrutar lo que la vida ofrecía: la riqueza arquitectónica y cultural de aquellas regiones. Entre fotos y palabras de admiración, transcurrían las horas; en tanto, me preguntaba si ese desapego era lo que correspondía a un matrimonio de tantos años. Aparté los pensamientos tristes y expandí el espíritu con la apreciación de las bellezas circundantes. En mí, estaba la solución: regresar a casa para seguir en lo mismo o solicitar el divorcio. Era el momento de dejar de andar lamentándome por los rincones.

El folleto, con las fotografías de los Acantilados de Moher, me atrapó. Sentí que era un sacrilegio despedirme de ese país, sin visitar las majestuosas rocas.

—Bien —dijo, Arturo—, quiero complacerte.

Atravesamos las puertas del Centro de Visitantes, excavado, de forma artística, en las rocas. Por los senderos, leí un aviso curioso: Habla con nosotros, si las cosas te están afectando. Samaritanos. Estaba dirigido, según supe, a las personas con problemas. La exuberancia del paisaje atraía a turistas y a místicos, pero, también, a las almas atribuladas. Los suicidios, mantenían en constante alerta al personal. ¿Qué locura pudo lograr que una mujer se lanzara al vacío, con su hija de cuatro años? No hay razón suficiente para quitarse la vida, pensé. Desde los senderos, se apreciaban los imponentes acantilados. No podía sentirme mejor, hasta que ocurrió la tragedia.

El caleidoscopio de imágenes no me abandona. La mujer en el mar, como una muñeca vencida, la embarcación que se acercó para rescatarla, las preguntas de los policías y las extrañas respuestas: “Cuéntenos cómo pasó”; “No sé, me distraje, creo que fue un golpetazo de viento”; “¿No está seguro?”; “¡Qué otra cosa pudo haber sido!”; “¿Su esposa sufre de tendencias suicidas?”; “No sé, no sé… Quizás estaba deprimida y no me di cuenta”.  ¡Cómo —me digo—, si era el símbolo de la alegría! ¿Acaso, ese hombre está loco? ¿No la vio girar, como si ella tuviera, entre sus manos, las llaves de la libertad?

Otra vez, las imágenes. La mujer con los brazos abiertos y la sonrisa del hombre. El rescate, el morbo de la gente. El doctor se acerca y el hombre pregunta: “¿Se pondrá bien?” “Lo lamento, señor, es un milagro que aún respire”. La mujer gira y gira, enredada en su largo vestido primaveral. El mismo que le compró él, en una isla caribeña, cuando el amor aún lo era.

La mujer gira y el hombre sonríe de manera extraña. Nunca le vi esa sonrisa a Arturo, me digo. Ella, poniéndose el vestido floreado, esperando que el hombre recuerde los viejos tiempos. Ahora revisa el celular, el mensaje indiscreto. El alivio cuando decide comenzar una nueva vida. La mujer gira, la gaviota en picada, el vacío… Pesadilla o sueño, ya no sé qué es. Entre los delirios me pregunto si fueron los feroces vientos los que se están llevando mi existencia.  

Olga Cortez Barbera

 

Imagen: 123rf

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