miércoles, 11 de agosto de 2021

EL SOL SOBRE TUS CABELLOS


 

El corazón de una mujer es

un profundo mar de secretos.

Titanic, película 1997

Yo pintaré de rosa el horizonte

y pintaré de azul los alelíes

y doraré de luna tus cabellos

para que no me olvides…

Autor de la canción: Luis S. Aponte H.

 

Quiero contarte algo: hoy vuelvo a pensar en ti. Después de tanto bracear contra tu recuerdo, la marea del tiempo logró llevarme a salvo a la arena de otros amores. Una vez, creí que no saldría del abismo donde resbalé cuando nos despedimos. Por fortuna, hoy me siento bien, al lado de un hombre bueno, disfrutando de unas vacaciones frente al mar. Tú, que parecías fundido en el olvido, brotas así, de repente, en el resplandor de la cabellera del joven que trota por la playa.

Los recuerdos emergen uno tras otro, con rapidez y claridad sorprendentes. Tu mirada, tu voz, los besos, el reflejo del sol sobre tus cabellos… Ni confusión, ni tristeza. Al contrario, me invade una mezcla de nostalgia y ternura por las cosas lindas que vivimos. Lo demás, poco importa. Puedo tomarlo como referencia de las situaciones que me ayudaron a crecer. Es la sabiduría de la madurez, la posibilidad de desechar lo que nos lastima.

Me enamoré de ti. ¿Cómo no hacerlo, si poseías la destreza para enardecer mis ilusiones? Eras gentil y respetuoso. Yo no tenía la experiencia para comprender que, en ocasiones, esas cualidades pueden convertirse en una fachada para atraer jovencitas incautas. Así que, entre versos, canciones y palabras gratas me dejé atrapar en una relación que imaginé nunca acabaría. Tú, conocedor de mis debilidades de joven enamorada, me enseñaste a atravesar caminos desconocidos.

Mi felicidad era épica. Envidiada por mis amigas, me hacías sentir la mujer más amada del universo. Compartimos momentos inolvidables. ¿Recuerdas cómo nos reíamos de la vida, del mundo, de nosotros mismos? Que un hombre de tu edad y con tanta presencia se hubiera fijado en mí, con tan sólo diecisiete años, era algo que escapaba a la comprensión de los adultos que me rodeaban, en especial, la de mis padres. No obstante, te mostrabas tan lleno de buenas intenciones, que apartaron sus reparos. En la soledad de mi cuarto, entraba en un estado de ensoñación, con las canciones de Los Cuatro de Chile. El disco que me regalaste y que tú acostumbrabas cantar:

Yo me pondré a vivir en cada rosa

Y en cada lirio que tus ojos miren

Y en todo trino cantaré tu nombre

Para que no me olvides… 

Descubrí la verdad: yo no era más que una aventura. A pesar del desacuerdo con mi corazón, tomé la decisión de terminar contigo. Tú, por orgullo masculino, no estabas dispuesto a que fuera yo quien se alejara. En ese momento, comenzó mi perdición. Las llamadas telefónicas, los mensajes que enviabas con mis amigas, los encuentros casuales... Acudiste a decenas de razones para explicar tu actitud. Aunque la sensatez trataba de hacerme sorda a tus palabras, el dolor por la separación me obligó a darte una oportunidad.

Nada fue igual, una decepción tras otra. Los encuentros clandestinos se sumergían en un romanticismo de oropel. Triste y desesperada frente a la situación, a las pocas semanas, en la frialdad de un restaurante y frente a mi determinación de no continuar, comenzaste a pronunciar un discurso, con el que pretendías humillarme.  No sé de qué manera te miré, que decidiste callar. Sin embargo, antes de que yo saliera del lugar, dijiste:

—Puedes marcharte, pero te prometo que, aunque no lo quieras y pasen los años, tú no podrás olvidarte de mí.

Conjuro o maldición, a toda hora, te tenía en mis pensamientos, los recuerdos no cesaban de pisotearme el alma. En busca de consuelo, acudí a otros hombres. Sus besos no mermaban mi tormento porque, en ellos, no podía encontrar los tuyos. Me arropó la peor de las soledades. Entre mis amigos, yo era una palmera en el desierto; me preguntaba dónde encontrar el sortilegio para sonreír de nuevo. En la pendiente resbaladiza de mis locuras, una persona detuvo mi caída. Esa con quien hoy estoy y con quien deseo compartir el resto de mis días. Nunca le hablé de ti. Te oculté para pretender que no exististe, intentar acabar con el maleficio de tus palabras o, simplemente, porque no quise.      

Rescaté el deseo de seguir andando. Con el paso de los días entendí que él no era una boya a que aferrarme, si no un acorazado para cruzar mis tormentas existenciales. Amé de nuevo, de una forma ajena al romanticismo del primer amor. En contra de lo que esperabas, volví a ser feliz. ¿Por qué te cuento todo esto? Para acabar con la fábula de ese romance que me hizo sentir tan desdichada. Me ha hecho mucho bien comprobar que el agua de los tiempos diluyó la sabia amarga de nuestro pasado.

La sombra del atardecer se extiende sobre el mar. De cara a tu recuerdo, sonrío.

—¿Por qué sonríes? —me pregunta mi esposo.

—Por nada—, le contesto.

—¿Por nada? Una moneda por tus pensamientos.

Tomados de la mano, regresamos al hotel. Frente a dos copas de vino, y como por casualidad, le confío los secretos de mi pasado y le hablo de ti. Sin tristeza ni nostalgia, sólo suenan como anécdotas de juventud.

Olga Cortez Barbera

Imagen: 123rf

martes, 3 de agosto de 2021

EL LAMENTO DE LAS FLAUTAS

 




Al sonido de la bocina, Estrella tomó la partitura y salió a la calle. Quería hablarle a Diego, amigo y compañero de clases, sobre el último hallazgo de sus impulsos rítmicos a altas horas nocturnas. Sin haber dormido, pero dichosa, llevaba consigo la sonata, a cuatro manos, con la que pretendía participar en el concurso que consagraba la originalidad musical. Era posible que Diego, con los argumentos propios del virtuoso del piano, le pusiera objeciones. A pesar de su juventud, era un maestro en la interpretación de los autores clásicos del viejo mundo. Las notas de La Polonesa, de Chopin, Claro de Luna, de Debussy, o el Opus Clavicembalisticum, de Sorabji, considerada una de las piezas musicales más difíciles de ejecutar, se deshacían gloriosamente entre el refinamiento de los dedos varoniles. Ese sentido de excelencia lo trasladaba, además, a las obras de su propia creación, influenciadas por los compositores de la actualidad. Su último trabajo era impecable, sin dudas. Propio para el concurso. No obstante, si ella conseguía que él interpretara su partitura, quizás, considerara esta opción.  

Los impulsos se habían hecho persistentes. Por las noches, notas inverosímiles y voces cadenciosas la despertaban y le hacían salir de la cama. En el piano, las teclas no se resistían a hilvanar las melodías creadas por la vena artística. En el conservatorio, los acordes de las flautas de sus sueños regresaban y le hacían caer en un déjà vu. Se preguntaba de qué época y en qué lugar los instrumentos de viento interpretaban esa melodía. Antes de hacerla suya, buscó información y revisó partituras, sin encontrar algo parecido. Terminó por aceptar que era fruto de su capacidad creadora. Quizás, en una vida anterior, en vez del piano, ella había aprendido a tocar la flauta.

Algo parecido sucedió con su amigo, el día que fueron presentados: “Mucho gusto, Diego Cortés Salmerón”. “¡Qué gracioso! Mi nombre es Estrella Cortés”. Más allá de la afinidad en los apellidos, ella experimentó un fuerte sentimiento en su interior, como si se conocieran de siempre. ¿Amor a primera vista? No, era otra cosa; un afecto que no podía desbaratarse en forma alguna. Con el paso del tiempo, y a pesar de las diferencias entre los dos, se acercaban cada vez más. Entre bromas, se definían: “Soy blanco peninsular, sifrino y capitalista”, haciendo, uno, alarde de su linaje europeo. “Y yo, india, proletaria y socialista”, mostrando, la otra, orgullo por sus raíces étnicas. Él, sin poder despojarse del racismo atávico, la contradecía: “¡Tú no eres india!” “¡Sí lo soy!” “¡Que no!” “¡Que sí! ¿Acaso no ves el color de mi piel?” Tontas discusiones que no eran obstáculos para continuar unidos por la sensibilidad de sus corazones.

Diego desplegó la partitura y lo percibió. Esas notas... ¿Dónde las había escuchado? ¿En un recital? ¿En Castilla, de donde eran sus progenitores? La duda le obligó a preguntar:

—¿Estás segura de que son tuyas?

—Creo que sí. He investigado y, hasta ahora, no he podido llegar a otra conclusión.

—¡Qué extraño! Me parecen familiares…

Sentados frente al piano, el dúo comenzó a interpretar el pentagrama. Entre bemoles y corcheas, la melodía viajó lejos, por sobre las cordilleras andinas, guardianes de la ciudad donde vivían, hasta los confines europeos. En la cima de las montañas españolas supo que debía regresar porque de allá no era. Colmada de congojas y nostalgias, ajena a la juventud de los intérpretes, la melodía hurgó sus almas, hasta casi hacerlos llorar. Porque era una cadencia sublime, arraigada a la memoria espiritual. Conmovido, Diego preguntó:

—¿Y qué nombre debe llevar?

Estrella recordó las voces nocturnas:

—¡Lo tengo! El lamento de las flautas.

Tres días antes del concierto, llegaron a Ciudad de Guatemala, sede del Concurso Internacional de Pianistas Nóveles. Los participantes, de todas partes del planeta, comentaban sobre sus destrezas y conocimientos. La competencia era exigente. En la oscuridad de la habitación, Estrella dominó su nerviosismo con un somnífero. En la suya, Diego practicaba, moviendo los dedos sobre teclas invisibles. Afuera, la fragancia de la lluvia; arriba, la luna escondida. Dormidos, Diego y Estrella, unidos por la fortuna, soñaron con lo mismo: Tikal, la ciudad de las voces, los predios de la cultura maya que, por razones desconocidas y con el mismo ímpetu, desearon conocer algún día.

En la mañana, no tuvieron que pensarlo mucho para comprender que los dos habían sido atrapados por un arrebato místico que los obligó a abandonar los ensayos de la obra. Se alejaron de la sede de los conciertos para cruzar, en autobús, el largo trayecto. En la selva, entre pirámides, ceibas y pavos reales, debían encontrar la claridad del misterio que los motivó a visitar ese lugar. Descansando en la plaza principal de Tikal, frente al Templo de las máscaras, cayeron en un estado de profunda abstracción, entre una mezcolanza de imágenes y resonancias. Todo iba adquiriendo sentido.

El rumor de los árboles fue vencido por los acordes de las flautas antiguas. A pesar de la belleza extraordinaria de la melodía, no dejaba de ser un lamento. Los jóvenes contemplaron una civilización signada por la desgracia: el ocaso de la cultura maya; el abandono de la ciudad a causa de la devastación y la sequía; el asentamiento en nuevas regiones y la nostalgia de los nativos por las épocas de esplendor; la fundación de nuevos pueblos; la pérdida de las cosechas y el hambre, bajo las miradas indolentes de Ahau Kim, Dios del Sol, e Ix Chel, la Diosa de la Luna; la llegada de los conquistadores y la penetración de costumbres, religiones y enfermedades extrañas; la fascinación por las mujeres del nuevo mundo... Violaciones y esclavitud; dominio y sumisión. Entre tantos descalabros, algo inconcebible para las élites que surgían: el amor entre el almirante Diego, pariente de Hernán Cortés, y Yatzil, Cosa amada, descendiente lejana de Yik´in Chan K´awiil, uno de los prestigiosos reyes de Tikal…

Aquel amor no tendría la fortaleza suficiente para superar la marejada de los prejuicios. Diego, bajo la amenaza de perder los privilegios del almirantazgo, doblegó las promesas a la indígena para contraer nupcias con la marquesa de Salmerón, bastión de la nueva aristocracia. El orgullo de la sangre maya logró que Yatzil lo dejara partir sin una queja, ni una lágrima. Pero, no pudo evitar que el alejamiento del ser amado la sumergiera en la soledad y la tristeza.

Como succionados por una suerte de implosión cósmica, los pianistas descendieron en esa época. Ya no eran ellos, sino los niños Itzae, Regalo de Dios, y Citlali, la dulce Estrella, los hijos naturales de Diego y Yatzil, que desmenuzaban su infancia tocando las ocarinas. ¿Había nacido, desde entonces, la vocación por la música? Las vicisitudes y la muerte de su madre, víctima de la peste, formaron un lazo indestructible de amor fraternal. Juntos podían enfrentarlo todo. Eran los tiempos antes de que fueran separados en contra de su voluntad. Citlali, al servicio de la marquesa; Itzae, como esclavo de un fundo inhóspito de Quauhtlemallan, el lugar de los muchos árboles.  Al despedirse, él le juró a su hermana que haría lo imposible para volver por ella.

Diego y Estrella llegaron justo a tiempo. Todo era animación en la sala de conciertos. El lamento de las flautas había adquirido otras dimensiones. Ellos estaban seguros de que la interpretación sería única, el manifiesto de una parte de la historia grabada en sus arpegios. Agradecidos de la oportunidad que les ofrecía el universo, se preguntaron: ¿Cuántas vueltas tuvo que dar la rueda de la vida? Las suficientes para volverse a encontrar. Escucharon sus nombres. Ambos estaban listos para concursar.

 

Olga Cortez Barbera

 


sábado, 31 de julio de 2021

Así nada más

 



Escuché la carcajada y supe quién era. Lo busqué entre la multitud que, después de la jornada, iba tras una cena en sosiego. Yo, varios años jubilada, volvía de un paseo interrumpido por el bullicio de la calle. Deseaba llegar pronto a casa para sumergirme en el rito de la viudez, eremita entre libros y recuerdos. La carcajada lo impidió. No muy lejos estaba él, con los mismos ademanes, ahora obsoletos, sin darse por enterado de que existía una brecha entre el hoy y su remota juventud. Frente a la vitrina de una marroquinería, una joven, con dermis de durazno sedoso, le señalaba una cartera. Debe ser una hija, o una nieta, pensé. Pero cuando él puso los ojos sobre ella, reviví aquella mirada que me hizo cruzar tantas veces el adorable puente de los ensueños, travesías que me llevaron a recrear un cosmos que fuera, luego, destrozado por el desengaño. Entraron a la tienda. Me quedé, oculta tras un quiosco y hojeando una revista tomada al azar, preguntándome si un regalo suplía la diferencia de edades y compraba un romance, y si era la curiosidad lo que me retenía.

¿Era prejuicio? ¿Acaso no podía ser ella su esposa? La primera, la cuarta… qué sabía yo. Quizás, aquel hombre que usaba poesías para vencer resistencias, pudo abandonar su estilo de relaciones sin compromisos. No asumo responsabilidades, me dijo, alguna vez…

Se empeña una en olvidar y jura que, al fin, lo ha logrado. El primer amor, a quien lo da, es campo abierto, lago diáfano, inocencia. Un hacedor de fantasías. A quien lo recibe, puede ser igual o convertirse en hiedra que atrapa, en mal herbaje que maltrata el campo abierto. Lo entendí el día en que él abandonó la habitación de mis ilusiones. No lento y con pasos afelpados para no despertarme de repente, sino como un rayo que destruye y trae pesadillas. El dolor atravesó el alma y me hundió en el desinterés por las cosas gratas de la vida. Ese mismo dolor me dio el ímpetu para buscar de nuevo la luz. Al encontrarla, convertida en otra forma de amar, plena y reflexiva, encontré la paz. Poco a poco, olvidé. Hasta este momento...  

Salieron de la tienda. Para ellos, los sonidos del atardecer eran una indiferente melodía, hundidos en esa complicidad que yo conocí tan bien. Él acomodó el brazo sobre los hombros. Le decía cosas al oído, como antes conmigo. Entonces, una especie de sortilegio hizo que ese brazo también me arropara: la luna, el cantar de las ranas y los grillos, el olor de su cuerpo y la pasión desbordada. Fe con sabor a besos y a eternidad. Ante la remembranza, un flujo de sidra caliente recorrió mis venas. Comprendí que, a pesar de mis esfuerzos, el recuerdo se había mantenido latente. Ahora, se levantaba para darme la estocada.

Caminaban ajenos a su entorno. Seguramente, hacia el confort del hogar. La casa anhelada, la familia. No me faltaron tragos, rockolas o mariachis, para volverme ebria de nostalgia. Me abrumó la envidia, hasta que se extraviaron tras la puerta de un hotel de ocasión. Se me pasó la embriaguez. Sentí tristeza. No por mí, por ella. Supuse que, cuando hubiera fenecido el capricho masculino, igual que a mí, ella sería ignorada, como un sombrero olvidado, así nada más.

 

Olga Cortez Barbera

 

Imagen: 123rf 

Derecho de autor: vvoennyy 

 


viernes, 16 de julio de 2021

Buñuelos con miel

 



Subía yo las escaleras en el momento en que escapaba, a través de la puerta abierta del apartamento de mi vecina, el aroma de buñuelos recién hechos. Muchos años habían pasado desde la última vez que los comí porque, aquellos que brotaban de las manos de mi abuela, se fueron un día para no regresar. Me senté en los escalones; el rico olor me invitó a navegar entre el oleaje de los recuerdos, por las épocas en que mamá y papá viajaban, con sus hijos a cuesta, para pasar vacaciones con ella. La casa era el centro de reunión de tíos y primos, y se convertía en una canasta de voces, risas y juegos, mientras ella, en la cocina, se afanaba en preparar las comilonas que todos disfrutábamos.

Por muy satisfechos que nos sintiéramos, siempre quedaba “un huequito” para el postre. El quesillo, el majarete y el arroz con leche aparecían y cerraban, con “botón de oro”, el almuerzo. Los buñuelos los cocía, por lo general, en Semana Santa. Días antes, recorría el mercado y compraba la panela de papelón, el queso y la yuca tierna. El resultado de la combinación de esos sabores, bañado en miel, lo convertía en algo, verdaderamente, irresistible.

Abuela era una mujer bella, inteligente y de carácter. Venida de llano adentro y criada en un hato alejado de toda escuela, no aprendió a leer en la niñez. Eso no fue obstáculo para alguien que había nacido con el espíritu indomable de las indias de nuestra tierra. Precoz y perspicaz, supo cómo enfrentar las situaciones que, a temprana edad, le traía la vida.

Acababa de cumplir catorce años cuando el apuesto joven, hijo de una de las familias acomodadas de la región, se fijó en ella. El encuentro fue en el pueblo. Ambos quedaron impactados. Él, por la guapa jovencita. Ella, por hermoso caballo que cabalgaba mi abuelo. A los pocos días, enamorado y decidido, fue a hablar con los padres de mi abuela:

—Estoy enamorado de su hija y quiero llevarla a vivir conmigo. Les prometo que, si es la mujer que espero, no dudaré en casarme con ella.

Abuela estuvo de acuerdo: No deseo ser una campesina pobre y llena de muchachos, como las que abundan por ahí —pensó—. El tiempo me hará quererlo. No se equivocó. Lo amó y sólo tuvo que esperar quince años para que él, convencido de que no hallaría otra igual, y después de que le hubiera parido la mayoría de sus trece hijos, la desposara.

El matrimonio abrió las puertas en la casa de los suegros que, hasta ese momento, la habían ignorado. Abuela, entró por ella y, ajena a los rencores, decidió hacer a un lado la humillación que recibieran sus hijos, por los inútiles prejuicios.

Para mí, fue especial. Tal vez, por ser la mayor de los nietos, y cuando consideró que era lo suficientemente grande, me hizo espectadora, en primera línea, de su fascinante pasado. Entre guisos y postres, al principio, y en los años finales de la vejez, me abrió, con generosidad, las compuertas de sus confidencias. Yo, maravillada, la imaginaba muy joven y con sus dos primeros hijos, montando a caballo y acompañada del leal capataz, recorriendo los abruptos caminos, hacia el encuentro con el esposo perseguido.

Abuelo era Jefe Civil, en tiempos de dictadura. A la muerte de Juan Vicente Gómez, un militar que gobernó autoritariamente la nación, tuvo que huir, como otros, antes de que la población tomara venganza y le destruyera la próspera hacienda.

Luego de las persecuciones, que lo habían dejado en bancarrota, abuelo acudió al ingenio emprendedor para volver a consolidar el bienestar económico de la familia, por lo que abuela esperaba un buen futuro para sus hijos. La muerte inesperada del esposo le hizo comprender que nada era seguro.

Creyó que, frente a la dolorosa circunstancia, se fortalecía para enfrentar las adversidades que, seguramente, les preparaba el destino. Este, sin misericordia, la sacudió de nuevo. Abuela no pudo evitar hundirse en la desesperación por la pérdida de dos de sus hijas, en un accidente vial. La devoción a Dios y a la Divina Pastora la ayudó a continuar el camino.

Con la partida del tercer hijo, exclamó:

—¡Dios, ese no fue el acuerdo, al que llegué contigo! ¡Te pedí no ver morir a otro de mis hijos!

La fe pudo levantarla de nuevo.

Ella era una mujer llena de sorpresas. Le encantaba pasar vacaciones en nuestra casa y entablar largas conversaciones con mi novio. Eso le permitía hurgar en su dimensión humana. En una oportunidad, que rompí el noviazgo y me embargó la tristeza, ella se sentó frente a mí y dijo:

—Deja la peleadera. Él es un buen hombre, no lo dejes escapar. Pero, así como te digo una cosa, te digo la otra. No es necesario estar casada para ser feliz. Yo lo fui mucho con tu abuelo, mientras vivimos en concubinato. Después, cuando nos casamos, ya nada fue igual.

Ella era un compendio de conocimientos otorgados por sus experiencias, por “la Escuela de la vida”, como decía. Cada vez que hablaba, me empujaba a querer saber más, sobre esa parte de su pasado que se combinaba, en las profundidades de mi alma, con sus realidades y mis fantasías. No deseo que quede en el olvido.

En su afán por expandir su visión más allá de sus horizontes, se dispuso a desenredar el significado de la palabra escrita. Fue grande mi asombro cuando, una tarde, la encontré leyendo el periódico:

—Nieta, ¡aprender a leer me abrió un mundo nuevo!

Más que los arrumacos propios de las abuelas, a nosotras nos unían las fibras de la confianza y el entendimiento. Su amor se manifestaba de otra manera, en pequeñas complicidades y concesiones. Apenas llegábamos a su casa, luego del largo viaje, me llevaba a la habitación o a la cocina para decirme, en un susurro:

—Ahí te tengo guardados las caraotas y el dulce de leche, que tanto te gustan.

Los buñuelos de mi Abuela…

¿Por qué eran los mejores? Porque llevaban un ingrediente más: el almíbar del mutuo amor, que no tuvo necesidad de ser gritado a los cuatro vientos para demostrarlo.

Olga Cortez Barbera



martes, 9 de febrero de 2021

Mesa de cuatro patas

 



En un suspiro cósmico, ya éramos adultas. Mis hermanas y yo habíamos moldeado la vida con nuestras propias expectativas y las experiencias que nos tocaron en suerte. Pudimos, de manera individual, salir airosas de las tempestades que azotaron nuestras costas. En las conversaciones familiares, cuando hablábamos del pasado, no había resentimientos, ni tristezas. Solo referencias anecdóticas sobre las situaciones que antaño nos hicieran sufrir y que, posteriormente, entre indiscretas canas, acabaron por hacernos reír de las circunstancias y de nosotras.

Hubo una época en que, sin percibirlo, el mundo de los juegos no era posible si no estábamos juntas. Unidas a nuestros dos hermanos, formábamos un quinteto invencible que enfrentaba los misterios de un patio que se extendía bajo la sombra de los árboles, y que terminaba en los cuartos abandonados y en custodia de los granados. A la espera de los duendes que espantaban a las palomas y hacían corretear a las gallinas, nos comíamos las jugosas frutas, hasta que nuestros padres nos llamaban para cenar. Luego, los grandes hacíamos las tareas escolares; los pequeños se iban a dormir.

Nos mudamos a la Capital. Los mágicos días de la infancia quedaban resguardados detrás de aquel portón que, una noche lluviosa, nos dio la bienvenida y, una mañana fresca, tras un largo tiempo, nos daba la despedida. Se sentía el entusiasmo por la aventura de una nueva vida, y la congoja por lo que dejábamos atrás. Varios años después, y con dos de diferencia, el combo de hermanos llegó a siete. Para entonces, cada uno de nosotros iba definiendo su rumbo. Los amigos, los estudios, los intereses eran distintos. Sin darnos cuenta, el tornado existencial nos lanzaba por diferentes caminos. 

Alérgica, no al amor, sí a las ataduras y a los convencionalismos, desde la terraza de mi particular visión sobre las cosas, yo observaba cómo mis hermanos iban formando sus hogares y hacían crecer la familia. Los sábados o los domingos, la casa materna se convertía en un harem de risas y esparcimientos infantiles. Mi madre, ya con su esposo ausente, dedicaba esa parte de su existencia a consentir a sus hijos y a sus nietos. Aunque mis hermanos estaban al pendiente de ella, el deber les inclinaba la balanza hacia su nueva familia.

Con mis hermanas era diferente. Quizás, por las insalvables diferencias que dieron al traste con sus matrimonios, eran mucho más cercanas. Incluyendo a mi hermana menor que, con el suyo en popa, se unía a la banda para salir a pasear con los niños. Entre paseos y vivencias se fortalecía nuestra relación. Cuando ellos, mis sobrinos, crecieron y comenzaron a concretar sus sueños, nosotras, con los años grandes, comenzamos a cifrar los nuestros para la etapa en proceso.

Así, con la solidaridad inefable de la consanguinidad, las cuatro hermanas, tan diferentes y, a la par, tan iguales, abandonamos la privacidad de nuestras vidas para unirnos, como en la infancia, y compartir los estragos crecientes e inevitables de la edad. Sobre nosotras, la mesa hecha con el material de los sentimientos buenos y con nuestras fortalezas y debilidades, descansaba mamá, contenta y confiada. Frágil, como un florero de Cristal de Baccarat, ella sonreía al escuchar nuestros planes.

El destino posee sus propios mecanismos para desbaratarlos. El mayor de mis hermanos y su familia marcaron la ruta hacia el éxodo, atraídos por la promesa de un futuro mejor. Años después, otros familiares, entre ellos, los hijos de mis hermanas seguían el ejemplo. Movidas por las circunstancias y la añoranza, dos de ellas no pudieron evitar subir a un avión para compartir la suerte de su descendencia, en el extranjero. A pesar de que los planes habían quedado lejos, el amor, ignorante en distancias y fronteras, nos mantuvo más unidas que nunca. La mesa conservó su solidez por poco tiempo.

Las termitas del coronavirus carcomieron, sin misericordia, la más fuerte de sus patas. Mi hermana, bella, saludable y espiritual no pudo más. Después de consultar con los médicos y su hijo, decidió acabar con los padecimientos que hicieron de su vida un suplicio. Aferrada a su credo y con el pronóstico de lo inevitable, se marchó en paz, sobre la proa de un profundo sueño hacia los mares de la eternidad. Todos quedamos con el corazón deshecho. Nosotras, tristes y desconcertadas, tratamos de entender. La mesa no puede perder el equilibrio. Tiene la gran responsabilidad de no dejar caer el delicado florero de cristal.  

Olga Cortez Barbera