miércoles, 11 de agosto de 2021

EL SOL SOBRE TUS CABELLOS


 

El corazón de una mujer es

un profundo mar de secretos.

Titanic, película 1997

Yo pintaré de rosa el horizonte

y pintaré de azul los alelíes

y doraré de luna tus cabellos

para que no me olvides…

Autor de la canción: Luis S. Aponte H.

 

Quiero contarte algo: hoy vuelvo a pensar en ti. Después de tanto bracear contra tu recuerdo, la marea del tiempo logró llevarme a salvo a la arena de otros amores. Una vez, creí que no saldría del abismo donde resbalé cuando nos despedimos. Por fortuna, hoy me siento bien, al lado de un hombre bueno, disfrutando de unas vacaciones frente al mar. Tú, que parecías fundido en el olvido, brotas así, de repente, en el resplandor de la cabellera del joven que trota por la playa.

Los recuerdos emergen uno tras otro, con rapidez y claridad sorprendentes. Tu mirada, tu voz, los besos, el reflejo del sol sobre tus cabellos… Ni confusión, ni tristeza. Al contrario, me invade una mezcla de nostalgia y ternura por las cosas lindas que vivimos. Lo demás, poco importa. Puedo tomarlo como referencia de las situaciones que me ayudaron a crecer. Es la sabiduría de la madurez, la posibilidad de desechar lo que nos lastima.

Me enamoré de ti. ¿Cómo no hacerlo, si poseías la destreza para enardecer mis ilusiones? Eras gentil y respetuoso. Yo no tenía la experiencia para comprender que, en ocasiones, esas cualidades pueden convertirse en una fachada para atraer jovencitas incautas. Así que, entre versos, canciones y palabras gratas me dejé atrapar en una relación que imaginé nunca acabaría. Tú, conocedor de mis debilidades de joven enamorada, me enseñaste a atravesar caminos desconocidos.

Mi felicidad era épica. Envidiada por mis amigas, me hacías sentir la mujer más amada del universo. Compartimos momentos inolvidables. ¿Recuerdas cómo nos reíamos de la vida, del mundo, de nosotros mismos? Que un hombre de tu edad y con tanta presencia se hubiera fijado en mí, con tan sólo diecisiete años, era algo que escapaba a la comprensión de los adultos que me rodeaban, en especial, la de mis padres. No obstante, te mostrabas tan lleno de buenas intenciones, que apartaron sus reparos. En la soledad de mi cuarto, entraba en un estado de ensoñación, con las canciones de Los Cuatro de Chile. El disco que me regalaste y que tú acostumbrabas cantar:

Yo me pondré a vivir en cada rosa

Y en cada lirio que tus ojos miren

Y en todo trino cantaré tu nombre

Para que no me olvides… 

Descubrí la verdad: yo no era más que una aventura. A pesar del desacuerdo con mi corazón, tomé la decisión de terminar contigo. Tú, por orgullo masculino, no estabas dispuesto a que fuera yo quien se alejara. En ese momento, comenzó mi perdición. Las llamadas telefónicas, los mensajes que enviabas con mis amigas, los encuentros casuales... Acudiste a decenas de razones para explicar tu actitud. Aunque la sensatez trataba de hacerme sorda a tus palabras, el dolor por la separación me obligó a darte una oportunidad.

Nada fue igual, una decepción tras otra. Los encuentros clandestinos se sumergían en un romanticismo de oropel. Triste y desesperada frente a la situación, a las pocas semanas, en la frialdad de un restaurante y frente a mi determinación de no continuar, comenzaste a pronunciar un discurso, con el que pretendías humillarme.  No sé de qué manera te miré, que decidiste callar. Sin embargo, antes de que yo saliera del lugar, dijiste:

—Puedes marcharte, pero te prometo que, aunque no lo quieras y pasen los años, tú no podrás olvidarte de mí.

Conjuro o maldición, a toda hora, te tenía en mis pensamientos, los recuerdos no cesaban de pisotearme el alma. En busca de consuelo, acudí a otros hombres. Sus besos no mermaban mi tormento porque, en ellos, no podía encontrar los tuyos. Me arropó la peor de las soledades. Entre mis amigos, yo era una palmera en el desierto; me preguntaba dónde encontrar el sortilegio para sonreír de nuevo. En la pendiente resbaladiza de mis locuras, una persona detuvo mi caída. Esa con quien hoy estoy y con quien deseo compartir el resto de mis días. Nunca le hablé de ti. Te oculté para pretender que no exististe, intentar acabar con el maleficio de tus palabras o, simplemente, porque no quise.      

Rescaté el deseo de seguir andando. Con el paso de los días entendí que él no era una boya a que aferrarme, si no un acorazado para cruzar mis tormentas existenciales. Amé de nuevo, de una forma ajena al romanticismo del primer amor. En contra de lo que esperabas, volví a ser feliz. ¿Por qué te cuento todo esto? Para acabar con la fábula de ese romance que me hizo sentir tan desdichada. Me ha hecho mucho bien comprobar que el agua de los tiempos diluyó la sabia amarga de nuestro pasado.

La sombra del atardecer se extiende sobre el mar. De cara a tu recuerdo, sonrío.

—¿Por qué sonríes? —me pregunta mi esposo.

—Por nada—, le contesto.

—¿Por nada? Una moneda por tus pensamientos.

Tomados de la mano, regresamos al hotel. Frente a dos copas de vino, y como por casualidad, le confío los secretos de mi pasado y le hablo de ti. Sin tristeza ni nostalgia, sólo suenan como anécdotas de juventud.

Olga Cortez Barbera

Imagen: 123rf

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