Memento mori.
No termina por decidirse. ¿De qué le sirve tantos
galanteos? Hoy le daré un ultimátum. Basta de seguir jugando con nosotras. A veces, así son los hombres: fluctuantes como
las mareas. No me vengan con el cuento de que “las amo a las dos”. Para mí, eso
no es posible. ¡Es ella, o yo! Me quiere para apartarse de las amarguras que
colman sus días, ¡lo sé! Quizás él sea el único responsable de lo que le pasa,
pero, prefiere hacerse el ciego y culpar al mundo entero. Si cayera en cuenta
de eso, podría cambiarlo todo y volver a ser feliz con ella; algo que me
fastidiaría porque quiero que ya sea mío.
Dice que desea venirse conmigo. ¡Cómo me gustaría! De
repente, percibe que aún no ha dejado de amarla y con cualquier excusa, regresa
y le pide perdón. ¡Idiota! Parece un oso detrás de la miel. Me indigno y,
entonces, soy yo quien quiere alejarse de él. Sin embargo, sigo a su lado, al
acecho de sus actos, esperando el momento en que se dé cuenta de lo tanto que
me necesita para acabar con sus desdichas. Tal vez ella sea más bonita que yo,
pero él argumenta que se ha vuelto tan insoportable que para qué la quiere. Está
decidido a abandonarla. Debería aceptarlo de una vez. ¡Puedo darle el lecho que
tanto anhela!
Yo no había reparado en él. Son tantos los que mueren por
mis favores que el pobre no captaba mi atención. Cuando lo hizo, traté de
ignorarlo. No sé qué cosas me transmitió, tal vez un destello de indecisión,
que supuse me haría perder el tiempo. No obstante, frente a su insistencia, me
dejé atrapar. No pasó mucho cuando lo pensó mejor y prefirió darle una
oportunidad. Al fin y al cabo, no todo había sido malo. Ella le había brindado
tantos buenos momentos que, al menos, le debía un poco de lealtad. Por fortuna,
no me hice mucho lío y lo dejé tranquilo.
Seguí por mi camino y con mis ineludibles responsabilidades,
hasta que él apareció de nuevo y con la misma cantaleta. Me dio por hacerme la
incauta y volví a aceptar sus galanteos. Esta vez no se iba a burlar de mí. El
hecho es que ahora era una cuestión de honor. Sabía quién era mi rival y no me iba
a dejar apabullar por ella. “Todo tiene su final, vidita, y a ti te llegó el
tuyo”, me dije. Lo envolví en la lujuria de mis ofrendas y cuando ya lo creía,
definitivamente, rendido a mis pies, bastó que recordara lo que dejaba atrás
para dejarme con los crespos hechos.
Hoy está aquí, otra vez, y me regocijo escuchándolo: que
ya no puede más, que nada tiene sentido, que ella es una bicha mala que sólo lo
genera sufrimiento, que si patatín, que si patatán... Yo, echada a su lado,
voluptuosa y profunda, sólo observo. Como de costumbre, parece un tallo
resquebrajado por la tormenta. En esta ocasión tomaré en serio su petición, por
muy endeble que esta sea y los dioses no estén de acuerdo. Me cansé. No soy un
confesor. Si aún la ama, no me importa. ¿Quién lo manda a andar buscando lo que
no se le ha perdido? Además, ella no pude darse el tupé de tenerle para siempre.
¡Soy invencible! Sé que no es su hora; sin embargo, en esta ocasión, levantaré
la guadaña y me lo llevaré.
Olga Cortez Barbera
Imagen Pixabay: descarga gratuita
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