domingo, 25 de septiembre de 2022
jueves, 19 de mayo de 2022
Abuelo
Cuatro hijos y seis nietos, dos de estos, adolescentes.
Una vida tranquila al lado de la mujer que elegí para compartirla. Estoy jubilado,
con el tiempo libre para recibir a la familia y a los amigos los fines de
semanas, tomarme esa copa de vino, sin la preocupación de las responsabilidades
laborales. Puedo planificar con mi esposa ese viaje por el mundo que se fue
posponiendo a causa de la economía familiar, la crianza de los hijos, sus estudios.
A la sombra de las conclusiones, ella y yo lo hemos hecho bien. ¿Qué más pedir?
Sin embargo, algunas veces, por el cúmulo de sueños personales incumplidos, me he
pregunté: ¿Eso es todo? La vida misma nos sorprende, nos toma de la mano
y nos reconcilia.
A pesar de mis tantos años, soy enérgico. He sabido
combinar el trabajo con lo familiar y lo social. Nunca me ha faltado espacio
para caminar o hacer ejercicios. Es recomendable conservar los niveles de una salud
adecuada. Me lo decía para convencerme de que era el único propósito. El vigor
y la tonicidad muscular me hacían confiar en que representaba menos años. Al
mirarme al espejo y observar las canas bien cuidadas, aplaudía mi buen aspecto,
hasta el momento en que tuve que usar el Metro.
Era la hora pico; todos locos por regresar a casa. En el
vagón no cabía nadie más. El silencio sólo era interrumpido por el acordeón de
los rieles. Sostenido a medias de un tubo, sentí que me miraban. Una joven
sonreía. Por más que traté de ubicarla en los archivos mentales, no la
encontré. Era una completa desconocida. Mi ego se infló como sapo a punto de
croar. Despertar interés en una mujer tan joven, era un magnífico halago. Le
devolví la sonrisa. Ella aprovechó para levantarse:
—Venga, señor. Por favor, tome asiento.
El asombro me hizo presa. Apenas alcancé a balbucear:
—Gracias, señorita. Estoy bien.
Ya en la calle y con la brisa despejando el sopor del subterráneo,
comencé a analizar lo que acababa de suceder. ¿Tan anciano me veía? Solté la
carcajada por mi capacidad de asombro. A la edad de esa joven, todo aquel que
pasara los treinta era un carcamal. En mi caso, que ya era abuelo, ¡qué más se
podía esperar! La anécdota pudo haber quedado allí. Pero, me hizo percatarme, no
sé por qué, del desierto que se extendía en mi interior, agudizado por la
rutina diaria, tanto en la casa como en la oficina, los hijos en sus
respectivos hogares y la amargura de mi esposa provocada, quizás, por el
síndrome del nido vacío.
Llegué y, al abrir la puerta, la soledad y el silencio me
abrumaron. Sentí los movimientos en la cocina, como de costumbre. Me quité el
saco y me senté frente a mi esposa:
—¿Alguna novedad, querida?
— Los muchachos llamaron, están bien.
—¿Qué vamos a cenar?
—Ya lo sabes, lo de todos los miércoles.
—Déjame ducharme.
—No te tardes.
Siempre las mismas preguntas y respuestas, con alguna que
otra variación. Después de la cena, la tele y los largos silencios. Al final,
las Buenas Noches sistemáticas. Me había habituado a verla reír sólo cuando los
hijos y los nietos nos visitaban.
Las semanas que faltaban para retirarme de la empresa se encogían
de una manera insospechada. El exceso de trabajo implicaba entregar las cuentas
claras, la responsabilidad de entrenar a mi sucesor y el deseo de retrasar el
hastío entre las paredes del hogar. A mi esposa y a mí nos entró el afán de
discutir por naderías (¿lo habíamos hecho siempre y no me había dado cuenta?).
Supongo que a ella también le preocupaba lo que sería de nuestras vidas las
veinticuatro horas del día juntos. Sin nada qué hacer y sin mucho de qué
hablar, ¿cómo sobrellevar la convivencia? Ninguno de los dos develó lo que
pasaba por la mente. Terminé por respirar profundo y prepararme para el
porvenir.
Los compañeros de trabajo comenzaron a planificar una
fiesta por mi despedida. Por eso, no me extrañó la invitación de mi Asistente:
—Sr. Márquez, ya que usted se va, lo invito hoy a
almorzar conmigo.
—¡Claro!, Laurita. Disculpe mi falta de delicadeza con
usted. Deje que sea yo quien la invite.
Era un detalle que me permitiría agradecerle los cuatro
años de colaboración y eficiencia laboral. En el restaurante, en medio de la
conversación, observé cuánta atención me ponía, como si yo
estuviera pronunciando el discurso del siglo. Era buena oyente. A medida que
discurría la conversación, no pude evitar fijarme en la forma en que me miraba,
con un aire de sugestiva complicidad. Me estremecí. A esas alturas de la
existencia, ¿cómo era posible que la lámpara de las emociones, tanto tiempo
adormecidas, se encendiera? Recordar el episodio en el Metro, me hizo aterrizar
y sobreponerme a la circunstancia.
No obstante, en la oficina, las cosas ya no fueron las
mismas. Mi concentración se fue al garete por andar a la caza de sus miradas y
sus sonrisas. En vez de dejar los documentos sobre el escritorio, como era
usual, comenzó a dármelos, mientras la piel de su mano rozaba la mía. No mariposas
en el estómago (¡qué cursi!), si no lagartijas recorrían mi espalda. Busqué el
solaz del patio de mi casa para hundirme en cavilaciones. ¿Qué podía ver ella
en mí? Yo era un hombre casado, dependiente de un salario y que se la pasaba
hablando de las alegrías que proporcionaban los nietos. Además, el
comportamiento de Laura en la empresa era intachable. Concluí en que todo era
producto de mis fantasías.
El juego continuó:
—Señor Márquez… ¿Lo puedo tutear? Al fin y al cabo, ya no
seré su Asistente.
Otra vez, las lagartijas.
—Como usted guste, Laurita.
—Quiero seguir en contacto contigo. Anota mi celular y
nos ponemos de acuerdo para tomar un café o ir al cine… Lo que tú prefieras. En
todo caso, el viernes, después del festejo, podemos salir y conversar un rato.
No podía seguir evadiendo la realidad. En esa etapa de mi
vida, su propuesta era un soplo… ¿Qué digo? ¡Un huracán de viento fresco! Negar
o aceptar, ese era el dilema. Apareció el confort de las excusas. Salir y
conversar… ¿A quién podía lastimar, si sólo se trataba de escapar de la rutina
con la compañía de una buena amiga? ¿Y si ella esperaba más? ¿Cuánto estaba yo
dispuesto a darle? ¿Era preferible conformarme con llamarla, de vez en cuando?
¿Estaba preparado para las llamadas secretas y las citas clandestinas? Entre
tantas preguntas, el rostro maravilloso de Laura. Tomé una decisión.
Me esmeré en
vestirme y perfumarme. Mi esposa comentó: Y tú, ¿a quién pretendes impresionar?
Sonreí con un dejo de culpabilidad. Antes de llegar a la empresa, me paré en
una floristería y compré una rosa que dejé sobre el asiento para dársela al final
del festejo. Nunca la vi tan bella. Me guiñó un ojo. Se apartó del grupo para
recibirme y besarme en la mejilla. Deseé abrazarla y rememorar emociones
antiguas. Alguien me llamó.
—Disculpa. Más tarde hablamos. ¿Te parece?
Me despedí de la oficina, como se despide a un buen
amigo. Todos se habían marchado. Afuera, la luna de los amantes y el clima cómplice.
—Te traje algo —dije.
Fuimos al automóvil y se la entregué.
—¿Una rosa rosada? —preguntó, entre el desconcierto y la
comprensión.
Era más joven que el mayor de mis hijos. Tomé su rostro
entre mis manos y la besé en la frente:
—Tienes toda la vida por delante. Ve por ella y por tus
sueños. Termina tus estudios para que puedas ejercer la carrera, como
corresponde.
—Entiendo, Márquez. Eres un buen hombre. Como dice una
canción: “Nos encontramos a destiempo”.
Reímos como tontos. La dejé en su casa, prometiendo
llamarnos, sabiendo que nunca lo haríamos. De regreso, me sentí renovado con un
arrebato, casi infantil, de reencontrarme con la mujer que también había dado
lo suyo para lograr lo que ahora disfrutamos. Recordé mi pregunta: ¿Eso era
todo? La galería de imágenes de una vida compartida atestiguaba lo
afortunado que era. La tranquilidad, el amor de los hijos y el disfrute de los
nietos. No hacía falta nada más. A veces, cuando mi esposa duerme, pienso en
Laura, la persona que, sin proponérselo, me llevó a los caminos de la
reconciliación con el destino.
Olga Cortez Barbera
martes, 4 de enero de 2022
Hoja seca
Da lo mismo. La
soledad es igual dentro que afuera cuando la esperanza es una brizna barrida
por los vientos de la ausencia. Autómata existencial, voy y vengo sin
contratiempos. Recorro las calles y no sé si es la fatalidad la que me lleva a
casa a salvo porque, detrás de la puerta, sólo me espera el eco del
silencio donde reposa mi natural hastío. Soy ingrata. Olvido a mi mascota. Su
lealtad le hace aflojar sus sueños para recibirme con un entusiasmo que, como a
mí, lo devora, a grandes bocados, el tiempo. Ella es la sombra que me sigue en
busca de un poco de cariño. Los periódicos sin leer son el testimonio de
la mínima importancia que me da lo que pasa en el mundo. Las voces de los niños,
en la calle, me recuerdan el mío que murió. El infortunio se llevó la luz de mi
alma y, a cambio, la cubrió con una hoja seca. Yo, extraviada en la
nada, veo la oscuridad que entra por la ventana. Mi mascota ha vuelto al
universo de sus sueños. ¡Cómo ha cambiado! ¿No lo he hecho yo? Nos esperan los
caminos blancos e inapelables. ¿Tendremos la suerte de cruzarlos al mismo
tiempo? Entre tanto, mi corazón anda de puntillas para no despertar a los hados
que puedan despejarme de mi única compañía.
Olga Cortez Barbera
jueves, 23 de diciembre de 2021
Sólo esta vez
¡Algo tengo qué conseguir hoy!, exclama Augusto y abandona la cama. Es media mañana y
debe aprovechar el resto del día. Rescata algo del optimismo de otros tiempos y
entra al baño; entre tanto, tararea una canción. El bebé llora, el niño ve la
televisión a alto volumen y, en la cocina, la esposa recién embarazada protesta
porque necesita ayuda. Él la ignora. Sus pensamientos se centran en las cosas
que tiene programado hacer. Es víspera de Navidad. Como todos los años, debe traer
a casa los regalos del Niño Jesús.
—¡Te vas y yo me
quedo aquí, vuelta loca! —exclama ella.
—Debo buscar empleo, otra vez; algo encontraré. Si no, tengo
pensado acudir a otros medios; lo que se dé, ayudará a que estas navidades mejoren.
—Dios te oiga —murmura por lo bajo, bastante escéptica.
El esposo se pone el tapabocas y sale a la calle.
¡Dos hijos y otro en camino! El mayor, está por cumplir
los nueve. Augusto pudo haber tomado otra decisión, años atrás, cuando recibió
la noticia. En medio de las opiniones de sus amigos, eres demasiado joven
para asumir ese compromiso, no podía dejar de pensar en su madre. Una mujer
abandonada que trabajó muy duro para educarlo a él, su único hijo. No iba a
permitir que la novia atravesara por las mismas circunstancias. Con sólo diecisiete
años, después de una boda apresurada, se preparó para que ella diera a luz.
En los primeros tiempos, con la ayuda de mamá, las cosas
no fueron difíciles. Además, él y su esposa eran organizados. Luego, cuando
comenzó a trabajar en un restaurante con buenas propinas, le pudo dar a su
familia un nivel de vida que le permitía cubrir los gastos domésticos y hacer
crecer, poco a poco, sus ahorros bancarios. En estas condiciones, después de
varios años, decidieron agrandar la familia. El segundo bebé llegó en buen
momento. No obstante, a pocas semanas de que ese hijo cumpliera el primer año y
sin previo aviso, recibió la carta de despido.
Comenzó a buscar empleo. Como consecuencia de la crisis
económica del país, ocasionada por la pandemia, no era extraño que su esfuerzo
resultara infructuoso. Al principio, no se dejó amilanar. Aunque su madre ya no
estaba, había heredado, de ella, la casa donde vivían. Los ahorros eran
suficientes para superar la eventualidad. Pero, esta se fue alargando en el
tiempo. Sin trabajo, con el dinero en merma y un tercer hijo en camino, el
horizonte se oscurecía. Las navidades lo tomaban con, apenas, para las compras
en el abasto.
La esperanza con la que salió de casa, se desvanece. Le descorazona
cada negativa que recibe. A pesar de que los negocios han comenzado a abrir sus
puertas, la posibilidad de encontrar una vacante es difícil. Decide recurrir a
sus amigos. Es víspera de Navidad y necesita comprar lo que el hijo mayor sueña:
¡Lo haría tan feliz, si le llevo ese regalo! Obviando sus escrúpulos, decide
pedir dinero prestado; su familia merece celebrar la Nochebuena. Nada más encuentre
empleo y cobre el primer sueldo, lo devuelvo. Olvida que los amigos están
en las mismas que él. Se despide de ellos con un rictus de vergüenza.
Entra a un Centro Comercial. El árbol, colmado de bolas,
lazos y luces, acrecienta su tristeza. Se asombra de la cantidad de personas
que entra y sale de las tiendas. Confían en que el tapabocas los vuelva
invulnerables al virus. Si no estuviera en esas condiciones, de seguro, él
sería uno más. Se sienta en un banco. Una señora de edad contempla las
vitrinas. ¡Sería tan fácil arrebatarle la cartera! Al instante, se
horroriza de sí mismo. ¿Qué te pasa, te has vuelto loco? Se levanta, sin
saber qué hacer. Regresar a casa con las manos vacías, le produce amargura. Se
para frente a una tienda de deportes. Entre una gran variedad, están los tenis
que el hijo quiere. Está a punto de marcharse, cuando una señora sale con un
niño a su lado. Este va con una bolsa en la mano. Es evidente que contiene una
caja con zapatos.
Madre e hijo hablan y ríen. Augusto los sigue, tratando
de no llamar la atención. Observa que entran a un McDonald´s. Con las
hamburguesas en las manos, se sientan en una mesa. Se quitan el tapabocas y
ponen los paquetes en el suelo. Él no hace más que detallarlos. A las claras,
poseen una cómoda posición. Visten de marca, como los clientes del restaurante
donde él trabajaba.
Mientras ellos comen, Augusto se recrea imaginando los
zapatos que están en la bolsa: el color, la textura, la marca. Mira al niño, de
arriba abajo. Debe calzar el mismo número… Está convencido de que, esa
noche, a pesar de las carencias, el hogar se iluminaría con la sonrisa del
hijo. Camina entre las mesas, como buscando un lugar donde sentarse. ¿Alguien
repara en él? Todos se concentran en comer. La bolsa está al alcance…
Será sólo esta vez, porque volveré a trabajar y no tendré
necesidad de hacerlo de nuevo. ¡Zas!
Agarra la bolsa y escapa. Ignora los gritos: ¡Allá va, allá va! Los
vigilantes del centro comercial no logran alcanzarlo. En un parque y a salvo de
las miradas, apretuja la bolsa contra el pecho. Los latidos vuelven a la normalidad.
Entonces, saca la caja y quita la tapa… Queda a la vista un par de zapatos
gastados.
Olga Cortez Barbera
lunes, 6 de diciembre de 2021
Un ramo de flores
Entré a la charcutería y un ramo de flores llamó mi
atención. Aunque modesto, relumbraba frente a la vitrina de jamones, quesos y
salchichas. En un instante, llegó la París primaveral de mi juventud. Tenía yo
un novio poeta que soñaba con ir a la ciudad del amor. Impulsada por el vigor
de la década de los setenta y con un morral lleno de ilusiones, me fui con él a
recoger versos en aquellas tierras. En un cuartito de tercera, entre vino, flores
y poemas, ¡fuimos tan felices! ¿Dónde había quedado aquella primavera? ¿En un
mundo paralelo? Ahora estaba en la placidez de mis recuerdos.
No podía apartar mi mirada de aquellos nardos. El hombre
que sostenía el ramo, como una pieza de cristal, sonrió y dijo:
—Es para mi esposa; estamos cumpliendo cuarenta años de
matrimonio. Espero que sean muchos más.
—Seguro que le va a encantar —contesté, también, con una
sonrisa.
Era un señor pulcro, delgado y de cabellos blancos. Su
ropa había sido víctima de infinitas lavadas, y sus zapatos, compañeros de
largos caminos. Esa circunstancia me hizo valorar el gesto hacia su esposa.
Según mis elucubraciones, había estirado el bolsillo para demostrarle, una vez
más, que el tiempo no era excusa para acabar con el romanticismo. ¿Vestigios de
una generación que se despedía?
Le tocó el turno para ser atendido. Sumergida entre
precios y marcas, dejé de reparar en él, hasta que escuché su voz:
—¡Tanto! Deje ver si me alcanza.
Contó el dinero y, con la vergüenza en el rostro, no le
quedó más que argumentar:
—¡Estos precios no se cansan de subir! Creo que no
llevaré todo.
Comenzó a evaluar lo que más necesitaba. No pude con la
escena y, buscando las palabras para no ofenderlo con mi ofrecimiento, dije:
—No devuelva nada; yo me encargo de la diferencia.
—¡¿Cómo se le ocurre?! Después, puedo volver por el
resto.
No me importó si era verdad o no. Sólo quería ser
solidaria en una situación imprevista.
—Tómelo como una muestra del buen momento que me ha hecho
disfrutar con sus flores.
Supo ver mis buenas intenciones. Salió de la charcutería, con una mirada de agradecimiento pocas veces vista en mi prolongada
existencia. El mundo era eso: un compendio de circunstancias, iluminado por pequeños
detalles que podían ayudar a atravesar la vida. Estaba por comenzar a hacer mis
compras, cuando escuché los gritos de alarma. ¿Muerte súbita? Sentí pena por su
esposa. Las flores sobre el pavimento se convirtieron en testigos del sueño
roto de un buen hombre.
Olga Cortez Barbera