lunes, 11 de mayo de 2015

ESTA NOCHE, AMOR


No deseo despertarte, amor,
ahora que has soltado los nudos 
de las rutinas y los quehaceres
y deambulas por las colinas 
donde nacen los sueños serenos.

En esta claridad nocturna
que asoma por la ventana,
por sobre el canto del grillo,
escucho tu respiración…
¡Allá va una estrella fugaz!

Aleja, madre, angustias,
las hornillas están apagadas,
tus hijos ya están en sus casas
y tus ángeles y tus santos 
vigilan cada portón.

¡Morfeo, libera las marras!
¡Pronto, iza las velas!
Toma, querida, el timón,
vete a pescar utopías
a ese lado de la frontera.

Bajo el mirar de la luna,
la misma que oyó tus quimeras,
entre júbilos y congojas, 
a mí me da por buscar
la alforja de los recuerdos.

Y modula tu voz cantarina
a Marini y a Depiní,
tarareas a Los Churumbeles,
un bolero del Trío Los Panchos,
mientras cuelas un rico café.

Entonces, mido la vida,
siento que se estrechan los cercos,
que se abren, al fondo, las puertas
y que se lanza, así, de repente,
una de las dos, a volar.

Por eso, esta noche, he pedido,
a esa estrella fugaz,
que extienda los hilos del tiempo
para que el resto de mis mañanas
tú despiertes y, yo, te oiga cantar.




Olga Cortez Barbera

miércoles, 22 de abril de 2015

A Bella, mi bella...


En pocas horas serán cuatro años de tu viaje al arco Arcoíris, mi Bella, Bellita bella...
Mi amiga vino de una estrella;
era noble, especial,
como los buenos amigos
suelen ser.
Con ella todo era luz,
alegría,
a pesar de sus travesuras
y de su testarudez.
Crecimos juntas…
Mientras ella me hacía
una persona mejor,
conservaba
un alma de cachorro
que el tiempo no pudo vencer.
Nunca importaron
las almohadas rotas,
las sillas mordidas,
o los zapatos destrozados.
¿Quién podía disgustarse
con sus ojos de miel oscura
y su mirada de “yo no fui”?
Los años la lastimaron
y tuvo que abandonarme.
Regresó a su estrella…
Se llevó la luz del sol.
Sin embargo, no se ha ido.
Está en los días claros y de lluvia,
en la luna y en los luceros,
en el diario que hicimos juntas
aquí, en el corazón.
Hoy recuerdo a Bella.

martes, 14 de abril de 2015

SUS MANOS



Llegó una mañana cualquiera. Otro empleado en el consorcio. Un “Bienvenido” de mi parte era suficiente. Que se encargara él de lo suyo, que yo tenía con lo mío. En el desbarajuste de lo que era mi vida desde que me casé y tuve hijos, no había espacio para entrar en detalles sobre el personal que entraba y salía de la empresa. Con pocas horas de sueño, llegaba agotada a la oficina y volvía a casa, poco más o menos a rastras, luego de batallar por un puesto en el autobús. Después, el tiempo se achicaba entre la cocina, el lavaplatos, la lavadora y acostar a los niños. Al final, con el deseo de caer en la cama y no abrir los ojos hasta el otro día, sucumbir a las exigencias maritales, cuando el dolor de cabeza ya no funcionaba. ¿Falta de amor o exceso de cansancio? Frente a mis respuestas fingidas, el romanticismo que una vez nos uniera, a mi esposo y a mí, comenzó a alejarse.
Así las cosas, Alejandro Santiago, el recién llegado, bien podía caer preso de convulsiones a mis pies que, posiblemente, ni me enteraba. No obstante, poco a poco, fue entrando a mis pensamientos, cuando percibí que me veía de continuo. Al principio,  disimuladamente; más tarde,  sin reservas, desde su escritorio, en el comedor, a la salida. Eso comenzó a incomodarme. Supuse que se había dado cuenta de mis fachas: vestuario fuera de moda, cabellos sin estilo, cero maquillajes. Aunque en mi agenda yo no tenía la más mínima intención de resultar atractiva, la vanidad no se hizo esperar.  Me propuse mejorar el aspecto. Incluí algunas cosas nuevas en el ropero y usé los labiales que estaban abandonados. Frente al espejo, se elevó mi autoestima. Un día, cuando llegué a la oficina y sonrió, me sentí halagada. Sin embargo, mantuve la actitud distante. Imaginé que, con ello, acababa la historia.
No. Paulatinamente, se fue acercando, con pequeños comentarios y algunas golosinas. Desde mi perspectiva, pensé que eso no era correcto y se lo hice saber:
-Señor Alejandro, usted no tiene por qué andar dándome cosas.
-Señora Palacios, su comentario me avergüenza. No intento ofenderla. Es la atención de un compañero de trabajo. Pero si le molesta, no lo hago más.
-Le estaré agradecida.
Se limitó al saludo. Entonces, lamenté su alejamiento, pero como era una mujer casada, no hice nada por cambiar las cosas. No obstante, algo comenzó a lamer las paredes de mi estómago, cada vez que lo recordaba, fuera de la oficina, o me tropezaba con él. “¿Acaso me estoy volviendo loca?” Con la voluntad de los prejuicios, me enfrasqué en el trabajo y en las labores del hogar, tratando de apartar los pensamientos inquietantes. Quise tomar mis compromisos de esposa con la furia de las tormentas, sólo para doblegar la marea de los remordimientos. Intentos vanos: “Querida, ahora no”. El amor se nos había ido lejos. A pesar de todo, como a una casta doncella, le puse un cinturón de castidad a la pasión sin remedio, aunque por las noches diera vueltas en la cama y durmiera cada vez menos.  
Pero, a la pasión no la detienen ni diques, ni murallas, ni fidelidades. Basta una brizna para atizar el fuego más intenso.  La brizna vino con mi cumpleaños y un ramillete de flores:
-Señora Palacios, tenga usted un lindo día y reciba, por favor, este insignificante presente.
-Muy amable de su parte.
Se acercó un poco más. Su aliento era cálido y la mirada, incitante. Tomé el ramo. Nuestros dedos tropezaron. Bajé los ojos y me fijé en sus manos. Varoniles, cuidadas y fuertes. Se me antojaron sensuales, únicas, pecadoras. Capaces de encender llamas latentes, casi extinguidas. De explorar nuevas rutas corporales y emociones secretas. De llevar a abismos insondables, sin posibilidades de regreso.  El ramillete hervía en mis manos congeladas. Flores exóticas, como el amor en los sueños inconfesables. Quise ser como ellas y, sin reservas ni prejuicios, abrir mis pétalos a la urgencia tácita, sin importar las consecuencias. Deseé, con el furor de la mujer incontenible, volverme lava entre sus manos.

Olga Cortez Barbera

Imagen: es.123rf

POBREZAS - Eduardo Galeano

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Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen tiempo para perder el tiempo.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no tienen silencio ni pueden comprarlo.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar,
como las alas de las gallinas se han olvidado de volar.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que tienen el derecho de respirar mierda,
como si fuera aire, sin pagar nada por ella.
Pobres,
lo que se dice pobres
son los que no tienen más libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que viven dramas pasionales con las máquinas.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que son siempre muchos y están siempre solos.
Pobres,
lo que se dice pobres,
son los que no saben que son pobres.

Eduardo Galeano
Imagen: es.123rf

miércoles, 25 de marzo de 2015

MADRE


Madre, tú que, como la luna, sabes de mis secretos, deseos y utopías, que sacrificas tus descansos para ofrendarnos tu amor y cuidados cada día, quiero dar gracias a la vida por poseer un trozo de ese corazón que sólo sabe de bondad, abnegación y ternura. Eres tan especial… No lo digo yo, ni tu familia, lo dice toda persona que se ha acercado a ti, para quien siempre tienes la palabra amable, el oído atento o el consejo sabio. Tú, la de la sonrisa eterna, a pesar de las adversidades que no pudieron mancillar tu alma, siempre estás. A cambio, sabes que posees lo más noble de los sentimientos de tus hijos, aunque a veces no encontremos como demostrártelo.
Contigo he aprendido que las hadas no sólo existen en los cuentos. En las noches sombrías de los miedos infantiles, en las penas amorosas o en los descalabros existenciales, siempre conté con la magia de tus caricias y el hechizo de tu voz. Ahora que el tiempo se desmenuza, se nos hace chiquito, no existen varitas más prodigiosas que tu dulce compañía y tu santa bendición. Las noches son soleadas, y no hay monstruos ni pesadillas, y yo puedo soñar que un unicornio nos espera para llevarnos a otro mundo. Porque deseo que en ese otro mundo inevitable, cercano o no, podamos estar juntas las dos.
Aprendí que, además de príncipes valientes, también existen princesas valientes. Con el escudo y la espada del coraje, atravesando bosques impenetrables, doblegando dolores y llantos, pudiste rescatarnos de los dragones que amenazaron la sobrevivencia de tu feudo. Hoy, a un largo trecho, aquellos eventos los convertimos en anécdotas y sonreímos. Ese pasado me hace concluir que, sin ti, no hubiéramos sido, ni somos, ni seremos. Por eso, todos, así grandes y canosos, no dejamos de buscar la suave fortaleza  que se esconde en tus brazos.  
De ti aprendimos las mejores lecciones: compromiso, solidaridad y compasión. Lo que poseamos de virtuosos te lo debemos a ti. ¿Cómo recompensar tu entrega e infinito amor? ¿Existirá en este planeta con qué? Mientras lo encuentro, madre, hada, princesa, amiga, confidente, ave, flor y luz, recibe mi corazón.   

Olga Cortez Barbera