jueves, 27 de octubre de 2022

El ronco murmullo de los árboles





Creo que nunca veré un poema tan hermoso como un árbol.

Joyce Kilmer


¿Qué quieren decirme los árboles

que murmuran frente al balcón?

¿Se acerca el crudo invierno?

¿Claudicarán los relojes de arena?

¿Los versos dejarán de tener voz?


Piel

 

De pronto,

dejaste de sostener mi vanidad.

Te contemplo y ya no presumes

de durazno tierno

o de suave seda.

 

Digo: de pronto…,

miento.

¿Hace cuánto comenzaste

a transitar los caminos de arena?

 

Eres la misma que refulgía

con las esferas colgantes de las discotecas,

bajo el resplandor de las luciérnagas

o con la humedad de las olas.

 

La misma que cabalgaba

sobre el ímpetu de otras pieles,

la que sorbía, ávida y sensual,

el néctar de otros poros,

los finitos almíbares del amor.


Ahora, que las aventuras de la vida

están dejando sus trazas, 

te acaricio como nunca antes

y, agradecida,

me dejo ir por el amable rumbo

de los recuerdos.

   

 Palabras

 

Festivas,

como el estallido de los jardines

bajo un sol primaveral

Cantarinas,

como las inagotables cascadas

de claros cabellos…

Románticas,

como las jóvenes que suspiran en las fuentes

al amparo de las estrellas…

Libres,

como las briznas sobre los cañaverales

o el vuelo de los pensamientos…

Cómplices,

como las musas que acarician

el alma de los poetas…

Mis palabras… ¿Cómo son?

Aún no las encuentro.

 

 Mar



El mar llama y yo obedezco...


Atrás quedan mis compañeros,

una piña colada a medio tomar

y el jolgorio de los loritos

que celebran el fin de sus andanzas

sobre las copas de las palmeras.

A esa hora sacra del atardecer,

sin música, bañistas y flotadores

el mar recupera su majestad.

 

Mar…

querido mar,

hermano mar,

confidente mar,

cesto de peces, naufragios y ensueños...

Deseo sorberlo con los ojos

y anegarme de mar, mar y mar.

 

La arena húmeda abraza mis pies

y el oleaje sosiega el alma;

los cangrejos, mínimos y confiados,

salen de sus cuevas

para disfrutar de la playa desierta.

Un pelícano, sobre el risco,

comparte el horizonte conmigo.

¿Dónde andará aquel amor

que nunca más volví a ver?

 

El rugido de un avión

rompe el canto de las olas.

¿De qué enigmáticas tierras viene?

¿Sobrevoló el Machu Picchu?

¿Las pirámides de Tikal?

¿La morada de los dioses

en la Gran Sabana?

En sus alas vienen los recuerdos:

los acordes de Al di là

en un café de Venecia,

las fotografías a las mariposas 

en las Cataratas de Iguazú, 

el romántico atardecer 

en el Fortín de Juan Griego.

 

El día sucumbe al cansancio

y el sol,

como una moneda de bronce,

se va hundiendo

en la línea del poniente.

La oscuridad crece…

El rumor de las olas…

El ritmo de mi respiración…

Mis profundos secretos…

En el vientre del Universo

solos el mar y yo

y el deseo peregrino de recorrer

los caminos de arrecifes de coral…

 

Una voz atraviesa el palmeral

y altera mi comunión

con la esencia marina;

trato de ignorarla,

el mar no quiere dejarme ir,

pero, me esperan.

Debo cortar el cordón umbilical

y volver.

 

 Pequeño

 

¡Ah, criatura frágil

a merced de tu sino!

Desde el pedestal de la arrogancia,

te observo con la certeza

de que puedo volverte nada

sin que lo notes.

Frente a ti, soy un Todopoderoso.

¡Eres tan pequeño!

Miro hacia las alturas

y se burlan las estrellas.

¿Pequeño?

¿Con respecto a qué?

En la infinitud del Cosmos,

¡cuán imperceptibles parecemos los dos!

Sin embargo,

los dioses nos agasajan

con el mismo soplo de vida,

nos une el mismo derecho

de disfrutar de nuestros tiempos.

En los respectivos mundos,

simplemente, somos.

No sé si me miras,

¿Importa?

Con suma delicadeza,

te tomaré entre mis dedos

para que continúes el camino,

con tu particular grandeza,

entre el follaje de las trinitarias.

 

 Pétalos

 

No permitas que te doblen el tallo

ni que te arranquen las espinas,

Eva,

María Magdalena,

Betsabé

o Juana,

cualquiera sea la malevolencia

de la lengua que te juzgue.

 

No dejes que te desvíen del camino

o intenten neutralizar tu brújula;

los pensamientos son aves sin fronteras

y sólo tú puedes ser

la timonel de tu albedrío.

La vida es un momentito,

un mar que debe ser cruzado

a favor de las corrientes.

Las tempestades…

Que sean las que te correspondan,

no al capricho de cualquiera.

 

¿Pretenden doblegarte el alma?

Sábete bendecida por el Universo;

es tu vientre el prodigio de la creación

el árbol que da vida a los hombres,

los mismos que toman las varas 

con las que pretenden medir

el diámetro de tus acciones,

las mismas que ellos ejercen

y celebran a voces.

 

No bajes la cerviz,

camina con la cara en alto

y al paso digno de tu grandeza.

Cruza tu destino, si así lo decides,

de la mano de tu compañero.

¡Jamás detrás de él!

No consientas que escriba tu historia;

abre tus pétalos de titanio

y afronta la vida,

como lo han hecho las mujeres

desde el inicio de los tiempos.

Y si, en el devenir de tu existencia,

el amor correspondido te lo pide,

escribe, entonces, tu historia junto a él.

 

 Árboles

 

La claridad se desvanece

en los tinteros de una noche

que comienza a esbozar

su romería de estrellas;

las hojas de los árboles

rasgan las cuerdas del viento

y la enronquecida melodía

transporta a viejos tiempos.

 

Asomada al balcón percibo

la mansa ida de los ecos diurnos

y los faroles parpadean

entre los follajes de ensueño;

yo, bajo la copa de la soledad

y entre las hojas de los recuerdos,

le pregunto a esos árboles,

cuánto de su fortaleza tuve.

 

Lavar los platos

 

Un día (quizás, muchos otros),

con el ánimo de palmera hueca,

dejas de analizar cuentas,

te apartas de la computadora

y vas por un café que te sabe a arena;

regresas al escritorio

y los colmillos de la rutina te trituran.

 

Tu mirada vuela

más allá de los ventanales;

evalúas tu presente,

lo que, entre informes y balances,

fuiste dejando en el camino.

Envidias a las nubes,

a las aves en las cornisas,

a los perros andarines,

a los transeúntes que, a esa hora,

cruzan la vida al aire libre y bajo el sol.

 

Suspiras.


Deseas abrir una ventana

y expandir tus pulmones, 

aun con la avenida contaminada

por las exhalaciones de los vehículos

En la jaula de concreto y cristal,

las ventanas no existen;

los aparatos de aire acondicionado

son la Némesis del aire libre.

 

Comienza la cuenta regresiva,

hacia la ansiada independencia,

te esperan la leche y la miel de la jubilación;

sueñas con que, al abrigo de los árboles

o en el sosiego de tu cuarto,

podrás releer las novelas que  te apasionaron

y disfrutar de las otras que atesoraste

para un futuro que imaginabas

una eternidad después.

 

Planificas tu nueva existencia

lejos de relojes y calendarios;

con el espíritu de un ave migratoria,

viajarás a los lugares remotos

que nutrieron tus ensueños.

En los pasadizos de tus planes,

en lo que te falta de camino,

no hay cabida para las rutinas hogareñas  

que nunca consideraste propias.

 

Llega el día, comienza la aventura

y se agrandan tus sonrisas,

hasta que la realidad clama:

¡Te toca lavar los platos!

Aunque sabes que es en vano, 

te da por protestar porque,

cuando crees que ya has terminado,

aparece una pila más;

porque se descascan las uñas,

porque se arruinan las manos,

porque se empapan los planes

de mujer grande sin adeudos.


De pronto, con su ovillo de bondad,

sus pasos lentos y su eterna abnegación,

Tu madre, sin pretenderlo, te desinfla:

“Deja, puedo seguir haciéndolo”.

La observas, como nunca antes ,

y te conmueve la flor en decadencia

que persiste en atenderte.

La sientas a un lado y comprendes

que es suficiente con su presencia. 

La dejas hablar, que te cuente su pasado

como si te lo contara por primera vez.

Comprendes que debes tomar la batuta

y aceptas, en silencio, tu nueva realidad.

El agua corre y se lleva la espuma,

lavar los platos toma otra dimensión.

 

 Amores

 

Entre jazmines y narcisos,

de exquisitos olores,

me la encontré un domingo

en el mercado de las flores.

 

Atravesaba los pasillos

con su porte singular,

arrebatando piropos

con su gracioso andar.

 

Mi corazón caprichoso

se enamoró de su mirada,

me dijo, en un susurro,

¡Yo quiero ser su almohada!

 

Como esas cosas raras,

que, a veces, brinda el destino,

bastaron mis dulces palabras,

pronto conmigo se vino.

 

Mi casa, plena de ausencias

por la carencia de amores,

rebosó con su presencia

mis mañanas, de colores.

 

Sin fotos en las paredes,

en la sala o el comedor,

ahora tengo algunas

donde salimos las dos.

 

La gente, que no entiende

las cosas que tiene el amor,

me critica entre dientes,

cuando paseamos al sol.

 

¡Vean cómo la abraza!

¡Observen cómo la mira!

Los ojos le están brillando

como luceros de niña.

 

¿Acaso no tiene espejos?

¿No se ve las arrugas?

Parece que la soledad

le hace perder la cordura.

 

Con los privilegios claros

que me concede la edad,

puedo pintar, como quiera,

el lienzo de mi soledad.


En las noches tranquilas 

yo la saturo de besos, 

ella me gruñe bajito, 

mientras muerde su hueso.

 

Qué me puede importar

que pueda causar rumores

aquella perrita sin dueño

del mercado de las flores.

  

Hojarasca

 

Hice míos del día gris,

el ronco murmullo de la arboleda,

la danza de las hojas sueltas

a merced de los caprichos del viento,

la complicidad de un banco,

nave sin brújula de mis desvaríos,

la intangibilidad de la nostalgia, 

la densidad de los recuerdos.

 

El viento silba…

Presagio de lluvia…

Por el parque corren los niños

con sus mochilas de ilusiones a cuesta;

se apresuran para llegar a la escuela.

Frente a esa vida que reverdece, 

¿por qué el alma se espesa

y la hora se vuelve incierta?

 

El aire se desmigaja

en la escarcha que precede al aguacero.

No intento escapar.

Al fin y al cabo,

¿hace cuánto tiempo

que llevo la lluvia dentro?

La soledad no decrece,

aunque la rodeen multitudes y conciertos.

 

El mundo de hoy toma distancia

del que conocieron mis años nuevos,

de una generación que despertaba

a la utopía de transformar el mundo,

entre consignas de amor y paz

y florecillas psicodélicas.

Los sueños de entonces naufragan

y yo trato de sobrevivir

entre las aguas de códigos ajenos.

 

Entretanto,

seguirán cambiando las cosas

a la marcha fiera de los acontecimientos;

yo seguiré andando, a pasos lentos,

entre las dudas y el desconcierto,

partícula de polvo extraviada

en la hojarasca de los nuevos tiempos…

 

 Por primera vez

 

Para completar su dicha,

le abrieron las cancelas,

la niña no es una niña,

hay que dejarla que crezca.

La novata amazona,

alegre, toma las riendas

para cruzar los campos

con flores de primavera.

El sol, como de costumbre,

viste de lentejuelas,

pero, para ella, el astro

trae centellas nuevas.

Cuando llegue la tarde

con el ramillete de sombras

y algún tímido lucero

se le arrodille a la luna,

sola, por primera vez,

Artemisa enamorada,

con el joven de sus desvelos,

saldrá a cazar quimeras.


Mientras pinta de rosa

sus labios, frente al espejo,

con el corazón contento,

sin inquietarse siquiera,

deja sus trajes de niña,

los lacitos, las tobilleras,

sus ositos de peluche

y las fiestas de matinée.

Ahora lleva el aroma

de las gardenias abiertas,

la castidad del capullo

el brillo de las estrellas,

una blusa floreada

que le prestó su hermana,

un par de tacones nuevos,

las ilusiones despiertas,

los zarcillos de esmeraldas

que, tanto, cuida su madre,

y la medallita de la Virgen,

que le obsequió su abuela.

 

Porque el amor es tan grande

que no le cabe en el pecho,

está pensando que no,

pero, deseando que sí.

En la lucha menguada,

entre pasión y conciencia,

se deslizan las caricias

por las cuestas del alma.

Con las ráfagas de viento

se va la voz de mamá

y viene la de una tía

con sus dejos de tristeza:

“La castidad no me valió

para no quedarme soltera”.

Por eso, poco le ayudan

el sonajero de los grillos,

la ronda de las luciérnagas

y el resplandor de la luna

para extinguir las llamas

que, beso a beso, la queman.

 

 A conciencia

 

No hizo falta un revólver

apuntándome la sien

o una soga de henequén

aprisionándome el cuello.

Como torero en la arena,

sin compasión, ni mesura,

te despojaste del capote

para propinarme la herida.

 

El estoque de tus palabras,

aquella noche desierta,

dio la estocada certera,

en el centro de mi Universo;

los poemas y las canciones,

las caricias y las promesas,

fueron granos de arena

esparcidos por el viento.

 

Mi corazón de mujer,

a pesar de lo inexperto,

sujetó su profundo dolor

detrás de la pena ajena;

no tenías por qué saber

que tras de mi falso orgullo,

destrozabas mi Universo

y me dejabas sin estrellas.

 

Hundida en la oquedad

de esas horas tan negras;

no creas que me embargó

algún sentimiento mezquino;

sólo siento en el alma

un resto de aquella tristeza

sí, por azar, te encuentro

en algún recuerdo perdido.

 

A conciencia te entregué,

desechando mis principios,

mi lecho de sábanas blancas

y las frutas de la inocencia;

cuando el amor es tan grande

y por los poros del alma brota

a una le da por fantasear

que el otro siente lo mismo.

  

A veces

 

Viento

Golondrina…

Nube…

Río…

Brizna…

Ocaso…

 

Cuando te miro y siento,

mundo,

a veces,

quisiera ser

o desaparecer...

 

 Victoria

 

Se puede llegar al fondo, quedar aplastada

como la hierba en el fango;

caer mil veces en las calzadas de la vida

y acabar con las rodillas del alma destrozadas;

cambiar el rumbo a tu antojo

y rodar por el abismo de tus equivocaciones;

sentir el corazón muerto

y preguntarte cómo puedes seguir respirando;

creer que no vales nada y que te esperan

las noches infinitas y los infiernos de Dante…

Sin embargo, con un pequeño rayo de luz

que ilumine tu esperanza, puedes emerger,

como una florecilla, entre las grietas del concreto,

y vencer.

 

 Alma desnuda

 

No es que me da por hurgar

entre los laberintos de la filosofía,

ni es el ocio de las horas que se hunden

bajo el haz de los crepúsculos;

son las mismas interrogantes

de una corta larga vida,

las que brotan cualquier tarde

o en el insomnio de una madrugada fría.

 

Queda menos para llegar a mi destino,

vasto y misterioso ha sido el recorrido,

me han azotado algunas fuertes lluvias

y he navegado bajo los cielos limpios;

en el núcleo del orbe que me circunda,

con las cosas sencillas que me gratifican,

me pregunto con qué ojos nos ve Dios,

cuando da su bendición o su castigo.

¿Acaso vale más la vida de unos,

frente a la de tantos desafortunados?

 

Fui andando por el rumbo de otros credos,

por sus libros sabios y consagrados;

en ese viaje fue mayor mi desconcierto,

no pude hallar la luz a mis conflictos.

Con la fe en la cuerda floja me pregunto,

sin querer blasfemar u ofender:

Si Dios desea un rebaño de corderos

con gríngolas que orienten su Palabra,

¿por qué dar a su imperfecta creación,

el raciocinio y el libre albedrío?

 

La historia es una larga procesión

de indolencias, injusticias y maldades;

ayer lanzaban humanos a los leones,

hoy los métodos son más sofisticados;

entre tantas ignominias y crueldades,

creo que a pocos Dios ha castigado.

Sí Jesús murió por acercarnos a Él,

¿por qué siento que más nos alejamos?

 

 Los poderosos, del pasado y del presente,

dueños de guerras, crímenes y ruinas,

mueren laureados, con medallas y honores,

sin pagar por las secuelas de sus actos;

entre tanto, muchos niños van perdiendo

la inocencia entre misiles y penurias,

rotos sus juegos, sus sueños, sus futuros,

cuando la vida aún no le han quitado.


Es sencillo endosarle al diablo 

las culpas de este mundo tan atroz, 

justificar el sufrimiento existencial 

con el karma de una vida anterior;

librarse de todos los pecados

con los rezos que ordena un confesor,

a sabiendas que a la vuelta de las horas

se caerá, de nuevo, en tentación.

 

Conformarse porque pronto será el día

de la batalla entre Dios y Lucifer

y alcanzar con la licencia de la Biblia,

las tierras prometidas del Edén.

Así vamos caminando por el mundo,

presumiendo ser dueños de la verdad,

sin preguntar si será una entelequia

la trayectoria hacia la eternidad.

 

No deseo ser como esos faros

que se han quedado sin farero y sin luz,

brizna extraviada a merced de las estrellas,

nave sin norte, golondrina sin sur;

sin embargo, al contemplar la realidad,

¿cómo puedo dejar de cuestionar?

 A ese Dios que parece nos observa

 y no ignora lo que arde en las conciencias,

¿cómo ocultarle el crisol de mis pesares

y las rebeldías de mis pensamientos?

 

No sé si encontraré mi propia luz

o si dispongo de tiempo para ello;

en medio de la fuente de los enigmas,

a la hora de mi última visión,

si acaso Él se encontrara a mi lado,

le confiaré mi confusa alma desnuda,

que decida si merezco, por mis dudas,

su clemencia y su santa bendición.


Careta

 

Dicen conocerte

porque te ven todos los días

con la prístina gentileza

de los espíritus sencillos.

 

Piensan que no sufres

los dolores del mundo

porque por tus labios

sólo manan sonrisas.

 

Creen que pueden confiar

en la bondad de tu alma

porque desconoces

diferencias y distinciones.

 

Detrás de esa careta,

eso muy pocos los saben,

las experiencias de la vida

te enseñaron a ser como eres.

  

 Reconciliación

 

Un solo gesto de cariño

y me hubiera liberado de la aflicción

que no acaba por irse.

Quiero reconciliarme

y no puedo.

¿Cuántos demonios se instalaron

en su alma de niño?

¿Quiénes masacraron su fe?

Él, extraviado en las dunas de su amargura,

no avistaba que yo,

confundida e invisible,

me desvivía por un gesto de cariño suyo.

 

Quiero creer que me quiso,

porque si las plantas resplandecían

bajo la tutela de sus manos

y los animalitos callejeros

conquistaban un espacio

en los enigmas de sus sentires,

yo, cuña de su tronco,

por derecho propio,

debía poseer, al menos,

un astilla de su insondable corazón.

Si me quiso,

¿por qué nunca se apartó de mi

esa sensación de desamparo?

 

Infancia con jardines

de tristes mariposas

y el deseo de un padre 

hecho a semejanza de los otros; 

aquellos que, como gorriones, 

abrían sus alas en el parque

o a la salida de la escuela,

para volar con sus hijos

hacia sus vidas de ensueño,

vidas que me colmaron el alma

de inofensiva envidia.

En la habitación, sumergida

en la laguna de los misterios nocturnos,

la danza de los monstruos,

muchas veces, no me dejó dormir.


En su claustro de caracol, 

se volvía inaccesible; 

a cambio de sus sonrisas, 

ofrendó sus huesos

para atravesar las mareas del destino.

Si aprendió a remendar

los agujeros de la subsistencia,

¿por qué no mi afligido corazón?

Así, sin acostumbrarme a su distancia,

acabé por cruzar, a tropezones,

los derroteros de mi suerte.

 

Una mañana de sol opaco,

lirio vencido, alma libre,       

se acabaron sus martirios

y comenzaron los míos:

¿Por qué no pude ser 

la  hija que debí?

No servían los lamentos.

¿Lo recibieron sus dioses?

¿Se encontró con sus ancestros?

¿Qué nos separaba?

¿Fuimos islas rodeadas

por las mareas de nuestros miedos?

 

El alma pide a gritos

que perdone… y me perdone.

Lo intento y, a ratos, lo consigo.

Pero, cuando aquella niña

que pedía un poco de su cariño

aparece, en contra de mis deseos,

me doy cuenta de que el dolor persiste

y que aún no logro

reconciliarme con él.

 

Celebrar la vida

 

Abro los ojos y siento la dulce sensación

de un paseo por  sueño hermoso;

la aurora extiende su mantilla

y los pájaros comienzan, con sus trinos,

a celebrar el nuevo día.


Hoy ignoraré, a voluntad,

el botón de las preocupaciones.

porque, al canto de los pájaros,

¡también deseo celebrar la vida!

¡Ah, qué clara está la mañana!

 

Tomaré la fruta con la mano

que se impregnará de la fragancia

que desprenden los limones frescos.

La sentiré que aromatiza,

como nunca lo había hecho.

 

El desayuno aguardará por otra hora,

me alejaré de la cafeína,

los carbohidratos y las albúminas;

mi apetito se rendirá a las delicias

de maná del cielo y de la esperanza.

 

Me asomaré al balcón,

como todos los días, pero…

¡El corazón me dice que hoy será distinto!

Le cantaré a los helechos

y bendeciré al árbol noble que murmura 

al paso sobrerano de la brisa.


Saldré con mi mascota,

yo, vuelta sonrisas, ella moviendo la cola,

y lanzaré al viento los “Buenos Días”,

aunque el vecino, no sé si hosco o triste,

por enésima vez, no responda.

 

Caminaré al ritmo de la alegría,

bajo la mirada franca del cielo,

entre el fragor de los autos y las vocerías.

Y sí a las nubes les da por arrojar,

casualmente, sus guirnaldas cristalinas,

bailaré, como niña, y cantaré con la lluvia.

 

Aquella dulce mirada

 

Una mirada les bastó

para enlazarles la vida

con un amor a medida

de los deseos de los dos;

cantando la misma canción

se fueron por el camino

con una copa de vino

y el alma llena de flores;

con el sol de los amores

dibujaron su destino.

 

Ella ofreció sus besos,

él, la dicha completa,

rebosaron sus maletas

de baladas y de versos;

convictos de amor confesos,

devoraron las estrellas,

las lejanas lentejuelas,

testigos de aquel cariño

que se dieron, como niños,

aquellas noches tan bellas.


Sometidos a la pasión, 

consumidos por las llamas, 

ella le confió el alma, 

él, su varonil corazón;

embriagados de ilusión,

jugosas, como cerezas,

se hicieron tantas promesas

que hasta el mismo futuro

les daba como seguro

una infinita querencia.

 

Pero, las cosas nunca son

como las quiere cualquiera,

quizás, en la primavera

se desmaye un girasol;

después de tanta emoción

y del amor con enredos,

aves de un mismo credo,

fueron a tocar la luna,

en la sombría laguna,

se les deshizo en los dedos.


Con los corazones unidos, 

por dos distintos senderos, 

debieron ver los luceros, 

cada uno en su nido.

El destino atrevido

fue arrastrando las hojas,

con una honda congoja

tuvieron que atravesar

las inmensidades del mar

y lo largo de las horas.

 

Ahora, cada mañana,

con la lluvia o con el sol,

ella, asomada al balcón,

él, viendo por la ventana,

ambos las vidas gastadas

y con una vieja emoción,

recuerdan aquella canción

que les dejó estampada

aquella dulce mirada

que les robó el corazón.

   

Lo es todo

 

Me da por deleitarme

con los aromas de la madrugada,

en la hora que se desplaza

al ritmo de la respiración

de los profundos durmientes.

 

Me deslizo entre las sombras,

como un fantasma sereno,

y me asomo a la ventana;

el alma se embriaga

con el sigilo de la calle desierta.

 

La sala huele a mí:

los libros en la biblioteca,

los discos, las fotos familiares,

los souvenirs de mis viajes…

Una vida plasmada en objetos.

 

¿Qué pasará con ellos?

¿Eso tiene importancia?

Medito sobre la levedad de la existencia

y la incertidumbre de mi tiempo…

Sin mirar atrás, me pregunto:

atesorar cosas, ¿lo es todo?

 

¡Como si no hubiera un pasado

tejido con el estambre de los años!

¡Un caudal de vivencias 

en el océano de los recuerdos! 

Me sumerjo en ellos...

 

Con la luz del nuevo día,

tomo un libro cualquiera y sonrío;

sentir que la travesía ha sido grata,

en contra de los pesares,

¡lo es todo!

 

 Libre albedrío

 

Azotada por las penas

que le ha arrojado la vida,

con las ilusiones marchitas

y la trenza de sus desventuras,

como un animalito vencido,

que no entiende su pecado,

va caminando la joven

sobre sus sueños de arena.

 

Sin auroras en sus días,

ni luceros en sus noches,

le parece que las nubes

ya no vestirán de luz y nácar,

si nunca más sus flores

encontrarán la luz del sol,

¿de qué le vale recoger

las hilachas de su suerte?

 

En el cielo la están mirando

y vigilan sus pensamientos;

saben que, por poquito,

ella se libra de sus tormentos.

¿De qué sirve el libre albedrío,

sí pende sobre las almas

la aterradora promesa

de las llamas del infierno?

 

Tal vez, no era el momento,

quizás, lo sea mañana,

o puede que la fortuna

la lleve por otros senderos;

si los hados del sufrimiento

siguen desgarrándole el alma,

hará uso de su albedrío

y se echará a volar.


Como solíamos hacer

 

Llevo tu corazón conmigo

(lo llevo en mi corazón)

nunca estoy sin él…

Edward Estlin Cummings

 

Pensar en ti es una bendición

porque me hace sentirte cerca.

Entre los amores francos, ¿sabes?,

se desvanecen tiempos y distancias.

 

De tanto pensarte,

te sueño con frecuencia;

es el único modo de disfrutar

de tu perenne sonrisa

y tu vocecita de niña buena.

 

Te veo jugar con tus cabellos,

como acostumbrabas hacerlo,

y corro a abrazarte;

despierto y el deseo

se extravía en la Nada.


Con u habitual travesura, 

tomaste mi boleto y te fuiste, 

a sabiendas que era yo, 

privilegio de hermana mayor,

quien debía ir por la estrella.

 

Con el favor de los días,

he aprendido a vivir con eso;

en vez de dolor y lágrimas,

sonrío por nuestras vidas juntas,

frente al sol de los recuerdos.

 

Cada noche es una despedida

porque debo atravesar

los senderos ineludibles del sueño;

despedidas de poco tiempo

y promesas de reencuentro.

 

Cuando llegue el momento

y nos volvamos a encontrar,

nos pondremos al día,

reiremos, hasta las lágrimas,

y pasearemos a nuestras mascotas,

como solíamos hacer.

 

 Aunque ahora no me quieras

 

¿Qué sucede, amor mío?

¿Por qué te quedas callado?

Aunque ahora no me quieras,

siento que me has amado.

Si, al final, fue una quimera

y las flores se marchitaron…

Volverá la primavera

a los jardines de nardos.

 

Yo iré con sonrisas nuevas,

estrenando los zapatos,

habrá otro que me quiera

con el haz de mis pecados,

con parches en el alma rota

y el corazón despedazado,

con mis canciones viejas

y mis labios degastados.

 

Porque los usamos a la buena

y usados han quedado,

no significa que no pueda

besar como en el pasado.

Y si él no comprendiera

que otras veces he amado,

me cambiaré de ruleta

y lanzaré otra vez los dados.

 

Puedes quedarte tranquilo,

no le temo a los hados,

a la vuelta de la esquina

el amor me estará esperando.

Aunque ahora no me quieras

y me hayas olvidado,

no será la vez primera

que yo busque otros brazos.

  

El ronco murmullo de los árboles

 

Despertar sobre la almohada

al estallar la alborada,

con la conciencia de un niño

y los pensamientos serenos,

luego de un sueño extraño,

ingrato o placentero,

o de una noche de insomnio

moteada de viejas memorias.

 

Antes, pasaste las horas

escribiendo unos versos;

entre las frases hermanas

de tu libro de cabecera;

escuchando a Debussy,

a Barry White o Alí Primera;

o con la mirada ausente

frente a una película cualquiera.

 

Recibes la mañana

con sabor a promesa nueva,

y con tus largas utopías,

reorganizas tus ideas;

te volteas en la cama

para besar a tu pareja

o la mascota que, hace ratos,

pide salir afuera. 

 

Caminas por la calle

y sorbes el maná del aire;

se te antoja que los pájaros

ofrendan trinos nuevos;

en la placidez de un parque,

con el ronco murmullo de los árboles,

abres los brazos para agradecer

por la fortuna de otro día...


 


 


 

martes, 18 de octubre de 2022

Pronósticos




Contra todo pronóstico, el amor me mostró los dientes. Cuando se ama, como yo, se corre el riesgo de caer en el absurdo. Porque la verdad es que creí todas las fantasías de las mujeres de la familia y de mis amigas. Lo tienes comiendo en tus manos; sólo ve por tus ojos; está muy enamorado de ti; no pasará mucho tiempo para que pida tu mano, decían. Yo, vuelta loca por él, de esa imagen perfecta frente a todos, lo di como cierto. No me detuve a observar un poco más allá de las fronteras de sus actos. Porque, a la par de que llenaba mis ensueños con versos y promesas, no me permitía reparar en la fragilidad de sus excusas cuando el instinto me alertaba. Me convencí de mi propia premisa: Al entregar el corazón, honesto y sin límite, creo que debemos ser correspondidos de la misma manera.

No quiero decir, con esto, que fui engañada, que robó mi inocencia. En el momento crucial, a pesar de mis pocos años decidí, motu proprio, desdeñar los principios que, desde niña, trataron de inculcarme en casa. El amor es una venda que te ciega y te arrastra hacia la irracionalidad. ¡A qué precios se pagan los momentos de dicha! Las circunstancias pueden arrancarte esa venda y dejarte el alma hecha añicos. Sin embargo, hay un tiempo en suspenso donde buscas razones para explicar los cambios, los alejamientos. Pueden ser muchas cosas las que, al fin, te lancen a la realidad. La mía comenzó a palpitar dentro de mí, llenándome pronto de angustia y de una insoportable soledad.

Comenzaron los pronósticos a favor y en contra; las defensoras de la vida, a ultranza, que prometían, frente a las adversidades de una criatura no planificada, “Dios proveerá”, y las que medían la libertad de elegir lo preferible para mí, bajo mis precarias condiciones económicas, "Todo a su debido tiempo". El cargo de recepcionista apenas daba para el pago de mi manutención. ¿Qué futuro podía ofrecerle al niño por venir? Encerrada en mi habitación, y entre las paredes rígidas de los prejuicios paternos, yo me revolvía en un mar de contradicciones. Por un lado, deseaba continuar con el embarazo, aunque no tuviera ni una remota idea de lo que haría después. Por el otro, tenía miedo de enfrentarme a la crudeza de la vida, una vez que mi padre me echara a la calle. El miedo, como el amor, también, ciega, mientras te sumerges en la incertidumbre.

Allí estaba yo, como un poste, a la entrada de la clínica, con el terror recorriéndome las venas. Terror a entrar y terror a devolverme. En ese momento, deseé disponer de más tiempo para meditarlo un poco más. El doctor había recomendado no esperar. Yo interpretaba que, al traspasar el umbral, dejaría a un lado lo que había sido mi ser y renunciaba a cualquier halo de esperanza. Miré hacia atrás, buscando en el último minuto, una señal que me llevara a tomar la decisión correcta. Allá estaba ella, mi gran amiga, esa persona que, a veces, me conocía más que yo a mí misma. Sabes que la decisión es tuya —había dicho—; sin embargo, no olvides que, cualquiera que tomes, siempre estaré aquí para apoyarte.

¡Un hijo! ¿Estaba preparada para luchar por él? ¿O para negarle el derecho de venir a este mundo? La mirada de mi amiga, fraterna e incondicional, acabó con mis dudas. En el momento trascendental y contra todo pronóstico, supe qué hacer.

Olga Cortez Barbera

 Pixabay: Imagen gratis


viernes, 14 de octubre de 2022

Luces


José Antonio paseaba con sus dos hijos cuando se escucharon los alaridos. Como los demás, obedeció al impulso de averiguar qué estaba pasando, después de ordenarle al hijo más grande que no se movieran de su sitio. A medida que se acercaba a la multitud, podía ver cómo los adultos retiraban a los niños de la tragedia que transcurría frente a todos. Algunos tomaban fotos, otros se unían para ayudar. La mayoría observaba, impotente, al joven aterrorizado. José Antonio no podía imaginar que ese acontecimiento cambiaría el curso de su historia.      

Pocas horas antes, el portazo en la habitación contigua lo había arrancado de las profundidades del sueño. La pensión no le proporcionaba la privacidad o el sosiego que a él le hubieran gustado. Por consecuencias del divorcio y los gastos de manutención familiar, no tenía la posibilidad de arrendar un lugar mejor. La enfermedad degenerativa de la ex esposa, además de impedirle trabajar a ella, requería de doctores y medicinas. Él no podía dejarla sola; era la madre de sus hijos.

Habían disfrutado de un buen matrimonio; sin embargo, la relación comenzó a resentirse el día que él decidió abandonar el empleo para dedicarse a lo que siempre había deseado. Ella imaginó, en la época del noviazgo, cuando al amparo de sus ilusiones conversaban sobre los planes del mañana, que el deseo, descabellado según ella, quedaría en el olvido. Se equivocó.

José Antonio trabajó en diferentes oficios para solventar las dificultades económicas de la familia, hasta que se hartó. “Un hombre sin cumplir su sueño es un hombre hueco”, se dijo, mientras se alejaba de la fábrica, con una montaña de ilusiones y un cheque por los años de servicios, que le permitiría mantener a la familia a flote por un tiempo.  

Era sábado; día de compartir con sus hijos. Si se daba prisa, podía llevarlos al zoológico, como les había prometido. Luego, pasaría a recoger el paquete que esperaba con premura: un traje a la medida de su vanidad, hecho por el mejor sastre de España. Los hijos tendrían que esperar por los regalos de navidad. El sacrificio valdría la pena. Cuando se hiciera famoso, y eso sería pronto, los recompensaría comprándoles todo lo que ellos quisieran. El espectáculo taurino estaba pactado para la próxima semana.

—¡A qué hora te apareces, Papá! —exclamó el hijo adolescente, deseoso de alejarse de la casa.

—Lo importante es que ya estoy aquí—respondió—. Comemos algo por ahí, antes de ir al zoológico. Luego, los llevaré a un lugar que les ve a encantar.

—¿A dónde, Papá? —preguntó, el hijo menor.

—Es una sorpresa.

Estaba seguro de que la madre no aprobaría que los llevara a la plaza de toros; sin embargo, era necesario que los hijos conocieran el mundo más allá de la sobreprotección materna. Él amaba a sus hijos. El menor era cariñoso; el mayor… ¡Lo sentía tan distante! Tal vez, el ruedo, el movimiento de ayudantes, caballos y toros rompieran el hielo. El adolescente era un buen muchacho, sólo que estaba en la era de la rebeldía.

El zoológico estaba de Navidad. Los guindalejos del inmenso árbol, bajo la luz del sol, brillaban como las lentejuelas del traje de luces importado. Recordó su niñez, las labores del campo, a su padre y su pasión taurina. La grave voz cuando cantaba:

Granada, tierra ensangrentada en tardes de toros,

 mujer que conserva el embrujo de los ojos moros…

Las fotos de los toreros famosos: Manolete, Joselito, El Cordobés, y otros tantos de la época, que le hacían exclamar: “¡Si yo me hubiera atrevido, hubiera sido mejor torero que todos ellos juntos!”. El becerro dócil con el que José Antonio pretendió seguir las quimeras de su padre. El animalito, frente al trapo rojo, no hacía más que mirarlo, hasta que le daba por irse a pastar. 

Apenas tuvo la edad, se inscribió en la escuela de toreros. Se entregó con el mismo entusiasmo con el que se dedicó al romance. Listo para demostrar su destreza y captar el interés de un caza talentos taurino, apareció la novia para decirle que estaba embarazada. Los sueños de ser un excelente torero, volar a tierras españolas y de gozar de fama y fortuna, debían esperar.

A poco de abandonar el zoológico, aún no les había dicho cuál era la sorpresa.  Temía el rechazo del adolescente. “Hay que coger al toro por los cuernos”, se dijo. Con un movimiento taurino, exclamó: “¡Oleeee!”. Los que pasaban le miraron con una sonrisa burlona. Cuando lo vieran vestido con su traje de luces, en los carteles alusivos a la corrida en la Plaza Monumental de Toros, se darían cuenta de que, al que habían tomado por loco o tonto, era un torero. Puso una mano sobre el hombro del hijo mayor:

 —¿Sabes? Pronto será mi presentación taurina. Me gustaría que, antes, conocieran la plaza y a mis compañeros…

—¿Para qué, viejo? ¿Para verlos lastimar a un animal inocente?

—¡Por todos los cielos, hijo!, ¿te cuesta tanto entender que sólo es un animal?

Los gritos interrumpieron el hilo de la conversación.

—¡Quédate aquí con tu hermano! —le ordenó.

Se unió a la gente que se agolpaba en las barandas, al borde de la fosa de los leones:

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Un león tiene acorralado al que les da de comer.

El coro de “No grites”, “No lo veas”, “Hazte el muerto”, llegaba al joven paralizado por el miedo. El león lo miraba, lo olía y le lanzaba zarpazos, aparentemente suaves, al estilo del gato y el ratón. Cada vez que subía la garra, se escuchaban los “OHHHH”, “AHHHH”, en medio de una consternación casi palpable. Los menos sensibles, subían los videos a las redes sociales.

La gente lanzaba objetos para atrapar la atención del león. “¿Alguien lo puede matar?”, gritó una mujer. ¿Era lo que merecía un animal que estaba allí en contra de su voluntad? Tampoco el joven, ¿entonces?…  “¡Que vengan los guardias, por favor!”, exclamó otra. Nadie se explicaba por qué no aparecían. Ni dos minutos transcurrieron, cuando llegaron. Para horror de todos, ya era tarde. El león regresó a la jaula con el trofeo entre las fauces.   

José Antonio, en total consternación, se reunió con los hijos. El árbol de Navidad brillaba en todo su esplendor. Volvió a recordar el traje. ¡Qué ganas de tenerlo en sus manos!  “¿Cómo es posible que piense en eso cuando ese joven acababa de perder la vida?”, se preguntó, muy confundido.

—¡Pobre muchacho! —exclamó.

—¿Por qué te pones así, papá?  —ironizó el hijo —. Al fin y al cabo, no es más que un humano, ¿verdad?

Entre la rabia y la vergüenza, José Antonio levantó la mano para castigar la insolencia. Sin embargo, se contuvo. Comprendió que estuvo a punto de cometer una injusticia. El hijo apoyaba sus palabras con el convencimiento de que toda vida merecía consideración. Aquella desgracia era producto de la insensatez humana, que se creía con la libertad de disponer de la vida de unos seres que tenían todo el derecho de disfrutar de su ambiente natural.    

El hijo menor los observaba con temor. José Antonio sonrió:

—¿Qué les parece, chicos, si vamos por un helado?

El árbol de navidad ganó en intensidad; el traje de luces perdió su esplendor.

Olga Cortez Barbera


Pixabay: Imagen gratis

jueves, 19 de mayo de 2022

Abuelo

 


Cuatro hijos y seis nietos, dos de estos, adolescentes. Una vida tranquila al lado de la mujer que elegí para compartirla. Estoy jubilado, con el tiempo libre para recibir a la familia y a los amigos los fines de semanas, tomarme esa copa de vino, sin la preocupación de las responsabilidades laborales. Puedo planificar con mi esposa ese viaje por el mundo que se fue posponiendo a causa de la economía familiar, la crianza de los hijos, sus estudios. A la sombra de las conclusiones, ella y yo lo hemos hecho bien. ¿Qué más pedir? Sin embargo, algunas veces, por el cúmulo de sueños personales incumplidos, me he pregunté: ¿Eso es todo? La vida misma nos sorprende, nos toma de la mano y nos reconcilia.

A pesar de mis tantos años, soy enérgico. He sabido combinar el trabajo con lo familiar y lo social. Nunca me ha faltado espacio para caminar o hacer ejercicios. Es recomendable conservar los niveles de una salud adecuada. Me lo decía para convencerme de que era el único propósito. El vigor y la tonicidad muscular me hacían confiar en que representaba menos años. Al mirarme al espejo y observar las canas bien cuidadas, aplaudía mi buen aspecto, hasta el momento en que tuve que usar el Metro.

Era la hora pico; todos locos por regresar a casa. En el vagón no cabía nadie más. El silencio sólo era interrumpido por el acordeón de los rieles. Sostenido a medias de un tubo, sentí que me miraban. Una joven sonreía. Por más que traté de ubicarla en los archivos mentales, no la encontré. Era una completa desconocida. Mi ego se infló como sapo a punto de croar. Despertar interés en una mujer tan joven, era un magnífico halago. Le devolví la sonrisa. Ella aprovechó para levantarse:

—Venga, señor. Por favor, tome asiento.

El asombro me hizo presa. Apenas alcancé a balbucear:

—Gracias, señorita. Estoy bien.

Ya en la calle y con la brisa despejando el sopor del subterráneo, comencé a analizar lo que acababa de suceder. ¿Tan anciano me veía? Solté la carcajada por mi capacidad de asombro. A la edad de esa joven, todo aquel que pasara los treinta era un carcamal. En mi caso, que ya era abuelo, ¡qué más se podía esperar! La anécdota pudo haber quedado allí. Pero, me hizo percatarme, no sé por qué, del desierto que se extendía en mi interior, agudizado por la rutina diaria, tanto en la casa como en la oficina, los hijos en sus respectivos hogares y la amargura de mi esposa provocada, quizás, por el síndrome del nido vacío.

Llegué y, al abrir la puerta, la soledad y el silencio me abrumaron. Sentí los movimientos en la cocina, como de costumbre. Me quité el saco y me senté frente a mi esposa:

—¿Alguna novedad, querida?

— Los muchachos llamaron, están bien.

—¿Qué vamos a cenar?

—Ya lo sabes, lo de todos los miércoles.

—Déjame ducharme.

—No te tardes.

Siempre las mismas preguntas y respuestas, con alguna que otra variación. Después de la cena, la tele y los largos silencios. Al final, las Buenas Noches sistemáticas. Me había habituado a verla reír sólo cuando los hijos y los nietos nos visitaban.

Las semanas que faltaban para retirarme de la empresa se encogían de una manera insospechada. El exceso de trabajo implicaba entregar las cuentas claras, la responsabilidad de entrenar a mi sucesor y el deseo de retrasar el hastío entre las paredes del hogar. A mi esposa y a mí nos entró el afán de discutir por naderías (¿lo habíamos hecho siempre y no me había dado cuenta?). Supongo que a ella también le preocupaba lo que sería de nuestras vidas las veinticuatro horas del día juntos. Sin nada qué hacer y sin mucho de qué hablar, ¿cómo sobrellevar la convivencia? Ninguno de los dos develó lo que pasaba por la mente. Terminé por respirar profundo y prepararme para el porvenir.    

Los compañeros de trabajo comenzaron a planificar una fiesta por mi despedida. Por eso, no me extrañó la invitación de mi Asistente:

—Sr. Márquez, ya que usted se va, lo invito hoy a almorzar conmigo.

—¡Claro!, Laurita. Disculpe mi falta de delicadeza con usted. Deje que sea yo quien la invite.

Era un detalle que me permitiría agradecerle los cuatro años de colaboración y eficiencia laboral. En el restaurante, en medio de la conversación, observé cuánta atención me ponía, como si yo estuviera pronunciando el discurso del siglo. Era buena oyente. A medida que discurría la conversación, no pude evitar fijarme en la forma en que me miraba, con un aire de sugestiva complicidad. Me estremecí. A esas alturas de la existencia, ¿cómo era posible que la lámpara de las emociones, tanto tiempo adormecidas, se encendiera? Recordar el episodio en el Metro, me hizo aterrizar y sobreponerme a la circunstancia.

No obstante, en la oficina, las cosas ya no fueron las mismas. Mi concentración se fue al garete por andar a la caza de sus miradas y sus sonrisas. En vez de dejar los documentos sobre el escritorio, como era usual, comenzó a dármelos, mientras la piel de su mano rozaba la mía. No mariposas en el estómago (¡qué cursi!), si no lagartijas recorrían mi espalda. Busqué el solaz del patio de mi casa para hundirme en cavilaciones. ¿Qué podía ver ella en mí? Yo era un hombre casado, dependiente de un salario y que se la pasaba hablando de las alegrías que proporcionaban los nietos. Además, el comportamiento de Laura en la empresa era intachable. Concluí en que todo era producto de mis fantasías.

El juego continuó:

—Señor Márquez… ¿Lo puedo tutear? Al fin y al cabo, ya no seré su Asistente.

Otra vez, las lagartijas.

—Como usted guste, Laurita.

—Quiero seguir en contacto contigo. Anota mi celular y nos ponemos de acuerdo para tomar un café o ir al cine… Lo que tú prefieras. En todo caso, el viernes, después del festejo, podemos salir y conversar un rato.

No podía seguir evadiendo la realidad. En esa etapa de mi vida, su propuesta era un soplo… ¿Qué digo? ¡Un huracán de viento fresco! Negar o aceptar, ese era el dilema. Apareció el confort de las excusas. Salir y conversar… ¿A quién podía lastimar, si sólo se trataba de escapar de la rutina con la compañía de una buena amiga? ¿Y si ella esperaba más? ¿Cuánto estaba yo dispuesto a darle? ¿Era preferible conformarme con llamarla, de vez en cuando? ¿Estaba preparado para las llamadas secretas y las citas clandestinas? Entre tantas preguntas, el rostro maravilloso de Laura. Tomé una decisión.

 Me esmeré en vestirme y perfumarme. Mi esposa comentó: Y tú, ¿a quién pretendes impresionar? Sonreí con un dejo de culpabilidad. Antes de llegar a la empresa, me paré en una floristería y compré una rosa que dejé sobre el asiento para dársela al final del festejo. Nunca la vi tan bella. Me guiñó un ojo. Se apartó del grupo para recibirme y besarme en la mejilla. Deseé abrazarla y rememorar emociones antiguas. Alguien me llamó.

—Disculpa. Más tarde hablamos. ¿Te parece?

Me despedí de la oficina, como se despide a un buen amigo. Todos se habían marchado. Afuera, la luna de los amantes y el clima cómplice.

—Te traje algo —dije.

Fuimos al automóvil y se la entregué.

—¿Una rosa rosada? —preguntó, entre el desconcierto y la comprensión.

Era más joven que el mayor de mis hijos. Tomé su rostro entre mis manos y la besé en la frente:

—Tienes toda la vida por delante. Ve por ella y por tus sueños. Termina tus estudios para que puedas ejercer la carrera, como corresponde.

—Entiendo, Márquez. Eres un buen hombre. Como dice una canción: “Nos encontramos a destiempo”.

Reímos como tontos. La dejé en su casa, prometiendo llamarnos, sabiendo que nunca lo haríamos. De regreso, me sentí renovado con un arrebato, casi infantil, de reencontrarme con la mujer que también había dado lo suyo para lograr lo que ahora disfrutamos. Recordé mi pregunta: ¿Eso era todo? La galería de imágenes de una vida compartida atestiguaba lo afortunado que era. La tranquilidad, el amor de los hijos y el disfrute de los nietos. No hacía falta nada más. A veces, cuando mi esposa duerme, pienso en Laura, la persona que, sin proponérselo, me llevó a los caminos de la reconciliación con el destino. 

Olga Cortez Barbera


Imagen Fantasy Paisaje Abuelo - Foto gratis