martes, 3 de febrero de 2015

FRASES CÉLEBRES DE ANA MARIA MATUTE



Ana María Matute
Novelista española.

– La palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva.

– Si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto.

– Escribir es siempre muy difícil, sobre todo hacerlo de forma aparentemente sencilla.

– Un libro no existe en tanto alguien no lo lea. Y nunca nadie lee el mismo libro.

– El dolor es más llamativo que la felicidad.

– La infancia no es una etapa de la vida: es un mundo completo, autónomo, poético y también cruel, pero sin babosidades.

– El escritor nace, no se hace: es una cuestión de ser o no ser.

– Escribir es también una forma de protesta. Casi todos los escritores comparten el malestar con el mundo.

– Siempre he creído, y sigo creyendo, que la imaginación y la fantasía son muy importantes, puesto que forman parte indisoluble de la realidad de nuestra vida.

– Yo en la novela digo que a veces la infancia es más larga que la vida.

– Para un escritor, no hay universidad ni escuela que enseñe lo que enseña la vida.

– Mientras haya un poeta, la poesía existirá.

Fuente: FraseCelebre


Olvidado Rey Gudú: Lo recomiendo.

jueves, 4 de diciembre de 2014

¿DESTINO SIN REMEDIO?


 

El tren iba a la marcha del paso del tiempo sin importancia. A ella no le preocupaba; estaba segura de que llegaría en el momento preciso. A través de la ventana, podía contemplarse el tapete amarillo que se extendía hasta el infinito. La joven se preguntó qué sortilegio impedía a esas flores no sucumbir al aguacero pertinaz, resto de una tempestad de consumación de los mundos que arrastró techos y tendederos, pero que no tuvo la fortaleza de hacer lo mismo con el campo florido. Sintió el deseo de bajar del tren para ver mejor las flores. No hubo necesidad. De pronto,  en una inesperada levitación, éstas se transformaron en mariposas de oro que volaron hacia ella. En la distancia pudo vislumbrar al hombre que le sonreía. Sin conocerlo, supo que era Mauricio, el que ostentaba un apellido que tenía el origen en una ciudad de la antigua Baja Mesopotamia: Babilonia. Una mariposa entró por la ventanilla y posó sobre sus cabellos. Con ella en la cabeza, la joven era aún más hermosa. Vio que la gente se preparaba para bajar en la estación.
-Bien-dijo-, ya era hora.
Había esperado mucho. La espera suele alargar la cinta del tiempo. Cuando supo que él abandonaba el oasis de los laureles terrestres para mudarse a la región de los sin sentidos, ella decidió abandonar su paraíso y hacer lo mismo. Él quizás iba con el propósito de continuar amoldando destinos a su antojo. La joven supuso que el suyo ya no tenía remedio, pero, al menos, tendría la oportunidad de que él la escuchara y le diera una explicación. Mientras otros corrían bajo la lluvia, ella caminaba tranquila. El agua no mojaba la túnica que le cubría el cuerpo. A pesar de eso, la bella joven proclamaba, en silencio, que no llevaba nada debajo de la delicada tela. Pero, ¡que alguien intentara propasarse! Leyó el aviso: Café de los Espacios Perdidos. Apenas ingresó, los hombres, al verla, entraron en conmoción, sobre todo uno, que se levantó de la silla y corrió a su encuentro:
-¡Remedios!-exclamó el hombre-Vamos a la mesa de aquel rincón. No quiero que te molesten.
-Ni que lo intenten, Gabo, ni que lo intenten.
-¿Qué haces aquí, muchacha, no te envié a las tierras del sin retorno?
-¡Por supuesto que sí! No obstante, cuando supe que venías aquí, decidí seguirte. Seguro que creíste que yo no tenía el seso suficiente para encontrar la forma de escapar y venir en tu búsqueda.
-Nunca pensé que no fueras inteligente…
-Entonces, ¿por qué creaste esa dualidad sobre mí? De pronto, me sentía tocar la gloria, cuando me presentabas como un ser único, alejado de la vulgaridad mundana. Esa sensación no duraba. Unas líneas más y me convertías en un ser pueril, sin objetivos ni aspiraciones. Deseo aclararte algo. Las cosas que le dije al mirón aquel (¿recuerdas?), que estrelló la cabeza contra el piso, por satisfacer sus ganas de verme bañar, no fueron por simpleza; al contrario, era una forma de evitar que me forzara a hacer lo que yo no estaba dispuesta. En cuánto al amor… ¡El amor! ¿Te preguntaste alguna vez si me hubiera gustado enamorarme, sentir el estremecimiento de una caricia, la pasión de un beso? 
-A eso le tuve pánico, Remedios. A que te enamoraras…
-¡Cómo, Gabo, si eras mi Pigmalión! Tú esculpiste la efigie de palabras más bella del universo. No existe otra como yo en biblioteca alguna. Quería amarte, entregarme a ti, más que con mi belleza, con mi forma particular de ver la vida, lejos de los prejuicios humanos. No obstante, tu pluma me lo negaba. Y cuando pensé que me lo permitirías, luego de tantos infortunios, despaturrando hombres cautivados, con un simple soplo de creatividad literaria, me mandaste a la eternidad. Por eso, en un capricho infantil, por rebeldía, pero con oculta intención, me llevé la sábana de bramante de Fernanda. Intuí que nos veríamos de nuevo. Y te podría mostrar todo lo que podíamos hacer sobre ella.
-Yo también, mi Remedios, sabía que volveríamos a vernos. No sabes que larga se me hizo la vida esperando este momento. Te hice pura, cándida y medio despistada. Algo así como para quitarle brillo a tu extraordinaria belleza. Sin embargo, cuando me di cuenta de que los hombres seguirían muriendo por ti, y que yo corría el riesgo de que sintieras compasión y, luego, te enamoraras de alguno de ellos, no me quedó otro camino que alejarte. No me odies por eso.
-¿Cómo odiarte sí, a pesar de todas las cosas, me hiciste inmortal? Además, sé que me amas por sobre todas tus creaciones, y por sobre todas las mujeres terrestres que te amaron, y que no les fue posible recibir este tipo de sentimientos que sólo se encuentra frente al hogar encendido de la literatura. Mira, ha dejado de llover.  Abandonemos este lugar. Demostremos que sí hay estirpes que no están condenadas a la soledad y que, lejos de la simpleza terrenal, pueden tener una segunda oportunidad.


Olga Cortez Barbera
Imagen: coroflot.com

Frases célebres Gabriel García Márquez



La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.

La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado.

El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno.

El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.

Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez.

Así es -suspiró el coronel-. La vida es la cosa mejor que se ha inventado.

Me desconcierta tanto pensar que Dios existe, como en que no existe.

Sólo porque alguien no te ame como tú quieres, no significa que no te ame con todo su ser.

La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada.


No tenemos otro mundo al que podernos mudar.


Imagen: dscali.edu.co

martes, 23 de septiembre de 2014

ALGUIEN ME MIRA


No me lo invento. Está más cerca de lo que yo quisiera. Lo percibo en el día, en las calles por donde camino, en el vehículo que me sigue rumbo a la floristería, entre la multitud frente al semáforo. Lo escucho en la noche. En el estremecimiento de los escalones, en el murmullo de los pinos que cuelan su aroma a través de la ventana, en los ladridos de Argonauta en el jardín. El escalofrío moja el miedo y me paraliza. Lanzo al piso el albaricoque que ahora me sabe a vinagre. Trato de limpiar en las sábanas la viscosidad en mis dedos. Algo se mueve. Está dentro de la habitación. La luna es un ojo que lo busca en los rincones. Y aunque no devela nada, sé que alguien me mira.
La noticia apareció en todos los diarios: Otra víctima, salió al gimnasio y nunca llegó… ¿Cuántas van? Hasta ahora seis. Inicialmente, mis padres lo tomaron como el resultado de la violencia que azota a la ciudad, sin ruido, a pesar de que la víctima no residía lejos. Luego, cuando las desapariciones se concentraron en la urbanización donde vivimos, no pudieron evitar alarmarse:
-Hija, no es recomendable que te quedes en tu casa.
-No va a sucederme nada. Aseguro la puerta y punto.
Para qué preocuparlos. Sin embargo, no dudé en ir a la estación de policías. Nadie vive conmigo ni me acompaña en el negocio de las flores. El funcionario me atendió con amabilidad:
-Creo que un caso así no se repetirá. Quizás ande con un novio o con una amiga, y pronto sepamos de ella. 
Por desgracia, las cosas no quedaron ahí. Mes por medio, una joven no regresaba a su hogar. Mes por medio iba yo a la estación. No podía tomarlo a la ligera. Las víctimas compraban en la floristería. ¿Y si el que las desaparece cree que lo puedo delatar? El detective me ordenó:
-¡Descríbalo!
-No lo he visto bien. Sólo sé que es un hombrón.
-Como casi todos los que van al gimnasio que queda al lado de la floristería. No es mucho, pero averiguaremos.
Vi la patrulla un par de veces. Los policías preguntaron a los deportistas, a los vecinos, y desaparecieron. ¿Qué les pasa, no seguirán interrogando, cuántas víctimas faltan para que lo atrapen? Yo no podía esperar a aparecer muerta entre amapolas y azucenas. Así que comencé a ir a la estación a diario. Creo que se cansaron porque el detective que me atendió esta mañana me miró de arriba abajo:
-No tiene por qué preocuparse. ¿Acaso no ha visto las fotos de las víctimas? Nada que ver con usted.
Salí de la oficina, con la burla sobre la espalda. ¿Tenía que perder la vida para que me prestaran atención? 
Ahora está aquí. Sé que me mira, y qué cosa mira: la insignificancia que me desborda. Por supuesto que prefiere a las otras, a esas que pasan por la floristería, con los músculos bien puestos, y que reciben ramilletes de rosas de sus pretendientes. A esa que, una vez, me preguntó con sorna:
-A ti… ¿Cuántos ramos te han regalado?
Ninguno. Pero hoy tengo compañía. Oigo una voz que me dice: Enciende la luz que quiero verte. Obedezco. En el espejo estoy yo, envuelta en la madeja de las décadas. Percibo el aroma de las flores mezclado con el olor de la sangre que reposa sobre las sábanas y en  mis manos. No tengo miedo. Al fin y al cabo, es él, y no yo, quién les ha quitado la vida y enterrado a los pies del pino del jardín. Quise advertirlo, no lo entendieron. Qué importa. Me invade la paz. Él no me hará daño, no le intereso. Sólo me mira a través de mis ojos. Nadie más me ve.

Olga Cortez Barbera
Imagen: es.123rf.com

Frases Célebres Rayuela-Julio Cortázar





Son muchas las frases geniales en Rayuela. Estas son algunas:

-Después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás.

-Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo.

-Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

-Solo en sueños, en la poesía, en el juego —encender una vela, andar con ella por el corredor— nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.

-
La melancolía de una vida demasiado corta para tantas bibliotecas. Cuando creés que has aprehendido plenamente cualquier cosa, la cosa lo mismo que un iceberg tiene un pedacito por fuera y te lo muestra, y el resto enorme está más allá de tu límite.

-Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.

-No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo, y sin embargo basta suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio.

-Cada vez iré sintiendo menos y recordando más.

-¡Música! Melancólico alimento para los que vivimos de amor.

-La risa ella sola ha cavado más túneles útiles que todas las lágrimas de la tierra.

-Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos.

-Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

-Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impuso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es un orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en perjuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo. Ah, dejame entrar, dejame ver algún día como ven tus ojos.

-¿A vos no te pasa que te despertás a veces con la exacta conciencia de que en ese momento empieza una increíble equivocación?

-Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa.

-Porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer.

-Y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie, delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes, y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro.