domingo, 24 de noviembre de 2013

MI REINO POR UNOS ZAPATOS



Tenían que ser míos. Si no, se me iba la vida…; es decir, soñar toda la quincena con ellos, hasta morir. Comprarlos era como tener que decidir entre comer o verse bella. En mi caso, la idea no era tan disparatada porque, para lucir bien, ya se me hacía un hábito pasar hambre de tanto en tanto. Eso expresaban mis caderas. Además, había que darse un gusto eventualmente, aunque ello implicara pasar los días estirando el sueldo, como banda flexible. Sólo que pasaban las semanas, y lo que recibía de pago no era suficiente para cumplir con mis compromisos y comprar los zapatos.
-Será la quincena que viene-, me consolaba Nelly, mi compañera de trabajo.  
-¿Y si los venden todos?-respondía yo.
-¡Pues, compras otro modelo!
Era ese y no otro.
Así como quienes deliran por los gimnasios, los chocolates o las joyas, yo lo hacía por los zapatos. Un impulso inconsciente que me obligaba a pararme frente a las vitrinas y pasar largos minutos observando los que más me gustaban, con el deseo de poseer el dinero para llenar el clóset con todos los tipos y colores. El objeto de mi obsesión estaba allí: altos y delicados, elegantes y modernos. Los propios para que mis piernas se vieran más esbeltas. Las piernas que a Ernesto le fascinaban. Ahora que se acercaba mi cumpleaños, yo desfallecía por sorprenderlo con mi vestido malva y los zapatos de mis sueños. Abrí la alcancía mental y supe que aún no estaban a mi alcance.
¿Qué hacer? Podía solicitar un aumento de sueldo o un préstamo a cuenta de mis pasivos laborales para comprarlos. Al fin y al cabo, gozaba de la estima y la confianza de la empresa. Después de varios años de dedicación y eficiencia, me las tenía bien ganadas. Estaba muy a gusto en aquel grupo próspero y familiar, tanto que, a veces, me preguntaba qué me retenía allí, si la comodidad con que se trabajaba, o la oportunidad de compartir mis responsabilidades diarias con el señor Sahasya Marimahadevappa, mi jefe.
Él fue quien me dio el empleo. Comencé a trabajar el día siguiente de la entrevista. La simpatía fue recíproca. A pesar de no aparentar él tanta edad y pedirme que lo tuteara, decidí imponer el “señor” como un modo de establecer seriedad y respeto. Sin embargo, su amabilidad y deferencia se acrecentaban día por día, por lo que la ilusión se me abrió como una ostra al vapor.    
No podía acercarse porque una liebre saltarina se apoderaba de mi pecho. Sus roces ocasionales me lamían el estómago. Su voz me arrancaba los suspiros. Sus miradas me quitaban el sueño... Pero él no pasaba de tímidos galanteos. Nada para que yo pensara que enloquecía por mí. Por otro lado, el raciocinio no se cansaba de alertarme ¿Acaso era posible una relación  seria entre nosotros?
Existían otras cosas. Yo no era una tigresa y el señor Sahasya pertenecía a unas costumbres que no iban con las mías, gozaba de un nivel económico casi en la estratósfera y, sobre todo, era mi jefe. Además, según se rumoreaba por los pasillos, los padres le tenían una novia en Jaipur, la ciudad rosa, ubicada en la enigmática India. No me provocaba, para nada, ser la diversión del momento. Así que no me quedó más que dejar pasar el tiempo, sumergida entre latidos desbocados y deseos reprimidos.
Pero un corazón joven se las amaña para sobrevivir a los obstáculos emocionales. El mío se dedicó a demostrar su lealtad al trabajo y a los socios de la empresa. Entonces, me convertí en la mejor empleada, haciéndome merecedora del aprecio familiar. Aunque los galanteos medrosos de mi jefe no cesaron, aparté cualquier asomo de esperanza y decidí darle la oportunidad a Ernesto, un ejecutivo de ventas que viajaba por el mundo y que parecía muy interesado en mí. Tal vez esa era la razón para desear  impresionarlo cada vez que nos veíamos. Los zapatos ayudarían.
Mi jefe y su familia  estaban contentos. Había sido un buen año. Los socios me llamaron a la oficina para comunicarme que me había ganado un ascenso. Mientras destacaban mis virtudes laborales y particulares, yo no hacía más que pensar en ir a la zapatería al nomás cobrar mi primer aumento de sueldo. Al final, todos me miraron como esperando que les dijera algo. Yo, saliendo de mi abstracción, apenas atiné a expresar:
-Muchas Gracias.
La madre de mi jefe, sonrió y me dijo:
-Te esperamos mañana.
La oficina andaba alborotada. Los dueños invitaron a su casa al personal de la empresa para celebrar un año tan productivo. Dieron la tarde libre para que todos tuvieran tiempo de acicalarse. El agasajo coincidía con la fecha de mi cumpleaños. Con lo de la fiesta en la mansión de los jefes, nadie se acordó de “picar” la acostumbrada torta en la oficina. Así que tomé mi bolso y salí dispuesta a comprar los zapatos. Ya en la puerta,  el señor  Sahasya me dijo:
-A las ocho en casa, ¿ok?
Asentí con la cabeza.
Ya en mi habitación, pasé un largo rato frente al espejo. Los zapatos de tacones altos, punta fina y cintas alrededor del tobillo, se me veían fabulosos. Combinaban perfectamente con el vestido a la rodilla. Presumiendo de vanidad, me sentí elegante y sensual. Sonó el teléfono. Era Ernesto, que había llegado a la ciudad. Quería celebrar conmigo el cumpleaños. Dudé. “¿Cómo darle el plantón a la familia Sahasya luego del aumento de sueldo?”  La verdad era que no deseaba pasar mi día entre compañeros, hablando de trabajo y escuchando los mismos chistes. Y yo, que hacía lo posible para cambiar el destino de mis sentimientos, imaginé que la pasaría mejor con mi enamorado. En un segundo, pasé de la vergüenza al deseo de salir con Ernesto. “Entre tanta gente, quizás no se den cuenta de mi ausencia”.
Me citó a un restaurante al este de la ciudad, alejado de mi domicilio, con la promesa de ir luego a bailar. Lista y a punto de salir, comenzó un aguacero del fin de los tiempos. Yo no quería que se dañaran mis zapatos nuevos, por lo que me senté a esperar a que escampara. Le avisé a Ernesto que llegaría después.
Luego de la lluvia, el tráfico se transformó en una calamidad. La furia de las bocinas casi no me permitía escuchar lo que él me decía por el celular cada vez que llamaba para preguntar por dónde iba. No podía disimular la impaciencia y el disgusto. Al verme entrar al restaurante, vino hacia mí. Yo di una vuelta de pasarela para que pudiera admirarme y contemplar las piernas, que tanto le gustaban, sobre el hermoso calzado. Lo ignoró
-Vámonos, ya no tengo tiempo. Mejor te llevo a tu casa.
Su interés lo había barrido el aguacero. Un silencio de ataúd me dijo que no nos veríamos de nuevo. Si era así de intolerante, apenas comenzando un romance, mejor ni imaginar de lo que sería capaz después. Claro que pude bajarme del auto y mandarlo a freír orangutanes por grosero, pero el   tráfico no había mejorado. Y sin taxis a la mano y con las calles anegadas, ni pensarlo. Me aguanté su malestar, llenando sudokus en el Black Berry. Por fin, llegué a mi apartamento.
-Nos vemos luego-dijo.
“Sí, te creo”-pensé
El día de mi cumpleaños terminó sin baile, sin obsequio y sin el más mínimo halago. Por un momento, quise tomar otro taxi e ir a la fiesta de mi jefe, pero los zapatos nuevos me hacían doler los pies y estaba ansiosa por liberar los dedos. Ya encontraría un buen pretexto para mi jefe. Encendí la TV y me dormí.
Llegué a la oficina el lunes a primera hora. El señor Sahasya hizo como que no me había visto. Los demás dejaron de hablar. “¡Caramba, cuánto melodrama!", exclamé por lo bajo. Sin embargo, fui presa de la preocupación: "¿Cómo me excuso, cómo me excuso…? La lluvia… ¡Sí!  La lluvia no me dejó llegar.” Disimuladamente, Nelly me hacía señas. La seguí a la toilette.  
-¡Metiste la patota, amiga!-exclamó.
-¿Por qué?
-Si hubieras escuchado lo que yo, sin querer. Lo que le decía el señor Sahasya a su mamá.
-Ay, por Dios, ni que fuera para tanto…
-Si tú lo dices… No todos los días nos esperan con una petición de compromiso y una fiesta sorpresa.

Olga Cortez Barbera

Imagen: es.123rf


FRASES DE MUJERES CÉLEBRES




“Pies, para qué los quiero si tengo alas para volar”
Frida Kahlo
Pintora mexicana

“Sangra tanto el corazón del que pide, que hay que correr y dar, sin esperar”
Eva Duarte de Perón
Actriz, cantante y política argentina

“Encanto es lo que tienen algunos hasta que empiezan a creérselo”
Simone de Beauvoir
Novelista y filósofa existencialista francesa

“Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois ocasión de lo mismo que culpáis”
Sor Juana Inés de la Cruz
Religiosa católica, poeta y dramaturga novohispana

“El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla”
Isabel Allende
Escritora chilena

“La pasión, para el hombre, es un torrente; para la mujer, un abismo”
Concepción Arenal
Escritora y socióloga española

“Pensar de forma realista nunca ha llevado a nadie a ninguna parte. Sé fiel a tu corazón y lucha por tus sueños”
Margaret Thatcher
Ex Primer Ministro de Inglaterra

“Para liberarse, la mujer debe sentirse libre, no para rivalizar con los hombres, sino libres en sus capacidades y personalidad”
Indira Ghandi
Política y estadista india

“La paz comienza con una sonrisa”
María Teresa de Calcuta
Misionera yugoslava, nacionalizada india

“Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”
EmilY Dickinson
Poetisa estadounidense

“No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”
Virginia Woolf
Escritora y ensayista británica


sábado, 12 de octubre de 2013

FRASES PARA LA REFLEXIÓN


A veces pasamos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.

Oscar Wilde


Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.

Albert Einstein

Como no me he preocupado de nacer, no preocupo de morir.

Federico García Lorca

El Universo es la canica con la que alguien juega.

Ignacio José Fornés Olmo


Verdaderamente, el hombre es el rey de los animales, pues su brutalidad supera a la de éstos.

Leonardo Da Vinci

Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla.

Confucio


Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama.

Miguel de Cervantes


La libertad es, en la filosofía, la razón; en el arte, la inspiración; en la política, el derecho.

Víctor Hugo

La locura, a veces, no es otra cosa que la razón presentada bajo diferente forma.

Johann Wolfgang Goethe


Los espejos se emplean para verse la cara; el arte para verse el alma.

George Bernard Shaw

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?

Blaise Pascal


El que quiere de esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos.

Francisco de Quevedo


He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz.

Jorge Luis Borges


Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos.

Friedrich Nietzsche


Dicen que soy héroe, yo débil, tímido, casi insignificante, si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos.

Mahatma Gandhi

FICCIONES

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Estoy frente al mar azul y sereno,
un buque de nácar remonta las olas,
soy libre gaviota que vuela en el sueño,
soy arena, soy alga, soy caracola.

Salgo del sueño y entro a la vida,
¿cuál es la ficción, cuál es la verdad?
quizás solo vivo cuando estoy dormida,
tal vez voy soñando en la realidad.

Debo apurarme, salir de la cama,
me espera la calle a la luz de la aurora,
el barullo del tráfico rasga la calma,
corre el reloj y me perturba la hora.

Miro y mis ojos olvidan mirar,
ignoran la gracia de la noble arboleda
 y el intento del niño que quiere cruzar
la calle abrumada hacia la vereda.

El caos urbano, ¿a quién no atormenta?
hormigas que buscan su propio camino,
y yo, ¿qué seré, arlequín, marioneta?
alguien que sueña en conocer su destino.

Enciendo la radio y encuentro consuelo
en los suaves arpegios de una canción,
las nubes ligeras miman el cielo
y ya no hay zozobra en el corazón.

Quiero volar con las guacamayas
hacia las montañas que tocan el norte,
soñar que soy libre y no existen murallas,
que me espera un oasis en el horizonte.

Mi alma se aparta del tinte mundano
y en secreto pregunta si es real o ficción
anhelar pasar la vida soñando,
 soñar que es posible un mundo mejor.


Olga Cortez Barbera

EL CALLEJÓN DE LA PUÑALADA


 
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 Al fin me había decidido a recorrerlo, venciendo mis prejuicios y temores. La curiosidad había terminado con ellos. A esa hora de la mañana se mostraba desierto, a excepción de los aleros llenos de palomas y la patrulla al final. Visto de esta manera, parecía un callejón más en la gran ciudad, si no contábamos el olor a rancio y a lascivia desbocada. Sin embargo, yo no ignoraba el ritmo alocado y peligroso que lo sacudía nomás la oscuridad abrir sus fauces.
El callejón quedaba entre el boulevard de Sabana Grande y la Avenida Casanova. Supe de su existencia en una conversación estudiantil. La imaginación estalló cual luces de bengala, y me hizo percibirlo como un antro de matones y bucaneros existenciales que exponían la vida a un precio despreciable. Mis compañeros aseguraban que no era más que un lugar de encuentro de enamorados e intelectuales. Pero, cuando les pedí que me llevaran, dijeron que no era un sitio adecuado para jóvenes como yo. Quizás por eso el callejón se convirtió en un desafío.
No era el primero. El colegio quedaba en el centro de la ciudad. Muchas veces, Elisa y yo comprábamos helados con el dinero del pasaje y regresábamos caminando a nuestras casas. En el trayecto había un túnel que comunicaba la Urbanización El Paraíso con la Avenida Nueva Granada, cerca de donde vivíamos. En sus inicios, el túnel era alumbrado y confiable. Luego, se transformó en una galería siniestra. Sin embargo, yo me desvivía por atravesarlo. “Anda, Elisa, hagámoslo”, “¿Estás loca?, tú no sabes qué alimañas habrá dentro”, “No seas cobarde, chica”.
Fue tanta la insistencia, que un día la convencí. A pesar de mi aparente arrojo, corrimos como dos liebres en persecución. El túnel no era corto y, en la medida que nos adentrábamos, oscurecía más. No sé qué pasaba por la mente de mi amiga, no obstante, continuamos. A mitad del camino pisé algo. Luego escuché una voz: “¡¿No ves por dónde caminas?!” Entonces, sentimos que ese algo se levantaba y nos seguía. Al final, salimos a la luz y los pasos quedaron atrás. Reímos como locas, felices de haber salido ilesas de la travesura. En mi interior resplandecía la excitación  producida por el  riesgo y la victoria.
Era una sensación que quería experimentar de nuevo. Por eso comencé a indagar sobre el callejón. No andaba tan equivocada. Entre la salsa de Charlie Palmieri, Héctor Lavoe e Ismael Rivera, bebidas alcohólicas y drogas, se ofrecía poca seguridad, en una atmósfera sórdida, criminal y tramposa. Si la fama crecía ante mis ojos, también mi atracción. “Si tan sólo pudiera ir una vez… ¡Sólo una vez!” Todo eso recordé mientras caminaba sobre las aceras sucias y gastadas. En la medida en que me acercaba al otro extremo y leía en las luminarias “EL Encuentro”, “Las Tres Cepas”, “Don Sol”…, algo extraño comenzó  a abrumarme, como si todo fuera conocido. “Tal vez en otra vida yo andaba por estos lares-pensé-. ¿Será la causa de mi empeño, un pasado impreso en la memoria del alma?” Sonreí.                       
Llegué al otro extremo. Me invadió la euforia. Pasé a un lado de la patrulla, pero los oficiales me ignoraron. No me importó. Un civil se atravesó en mi camino. Tenía la mirada de una crueldad inadmisible. Me asusté porque podía tomarme como una prostituta trasnochada en busca de clientes. ¿Por qué temer?, allí estaba la policía en defensa de los ciudadanos. Posiblemente, supusieron que yo había tomado el callejón como atajo. Además, el hombre estaba esposado y no podía hacerme daño. Con todo, me atemorizaron sus ojos. Bajé la mirada. Me estremecí. Un cadáver yacía debajo de una sábana. Oí los comentarios: "Otra víctima del Callejón de la Puñalada". No me interesó ver quién era. De inmediato, lo comprendí: el hombre de las esposas me había asesinado.      


   Olga Cortez Barbera